El barrio preferido de los Yuppies en el sur de Manhattan, en los alrededores de Wall Street, corazón del capitalismo financiero mundial, construido por y para ellos, se les parece: convencional y “aspiracional”, impersonal y frío, muy frío.
Lo que debería ser el epicentro del buen gusto y de la sofisticación que el dinero puede proporcionar, o al menos comprar, no es más que el espejo de unas vidas tristes, las de sus pobladores, los nuevos esclavos corporativos, condenados a producir dinero, todo el dinero posible, para otros, a cambio de altísimos salarios y bonificaciones de éxito.
Y me refiero a ellos y a su hábitat y cotidianidad, porque en Colombia y en el mundo entero son el paradigma de una traicionera modernidad, a imitar.
Pero lo cierto es que viven mal. Y ello salta a la vista. Viven en verdaderas colmenas de cemento que más parecen viviendas multifamiliares, homogéneas, construidas de cualquier manera, eso sí, con lobbies lujosos y aparentadores, de donde entran y salen cotidianamente, a la misma hora, esta nueva estirpe de jóvenes profesionales menores de 40 años, ambiciosos, uniformados y rutinarios, que tienen una sola ruta: Wall Street.
Su mundo es el distrito financiero, donde le apuestan a la suerte económica del mundo con la frialdad y la audacia de los jugadores de ruleta, capaces de poner con sus movidas la economía mundial patas arriba y llevar a la quiebra a millones de ahorradores, como ocurrió en 2005. Un centro de decisión capaz de doblegar a los poderosos del mundo, incluyendo al presidente Obama, quien en el pico de su popularidad y poder no fue capaz de regularlos, de meterlos en cintura, y terminó por el contrario dándoles el oxígeno para que se recompusieran, sin la menor culpa o rubor.
La significativa transformación del extremo sur de la isla de Manhattan responde a las necesidades de vivienda cercana a sus sitios de trabajo de esa joven élite tecnocrática. Contó con el apoyo del alcalde Bloomberg, que durante sus 11 años orientó una millonaria inversión para la recuperación de espacios públicos a orillas del Hudson, un área sumida en el abandono. El resultado, una suerte de ciudadela formalmente ideal y amable, pero artificial, sin el bullicio de las calles habitadas por sus vecinos ni las sorpresas propias de las ciudades construidas de manera natural y progresiva con el esfuerzo de la gente y no la simple inversión pública.
Incluso la huella física del terrible ataque del 11 de septiembre de 2001, la herida urbana que dejó, ya ha cicatrizado por el desarrollo inmobiliario y turístico que enmarca el barrio de los yuppies.
Un barrio curiosamente con uno de los más altos índices de natalidad de Manhattan. Los yuppies tienen al menos tres hijos, como símbolo de estatus que expresa tanto su recién adquirida prosperidad económica como su confianza en el futuro del mundo que controlan. Mientras las parejas pasan los días enterradas en las oficinas, el barrio queda en manos de latinas y caribeñas indocumentadas, las nannies, encargadas de cuidarles los hijos con los que poco están por su entrega a una esclavitud laboral pagada con un dinero que poco disfrutan. Se les olvida, como diría García Márquez, que no hay nada más hermoso que vivir. Algo de lo que los yuppies poco saben.