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Las heroínas de Buenaventura

06 de junio de 2010 - 08:38 p. m.

EL MÁS SIGNIFICATIVO TRIUNFO ELECtoral del Partido Verde fue el que obtuvo en Buenaventura.

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Allí, en el epicentro de la guerra por la invaluable ruta de la coca hacia el Pacífico, donde el 70% de la gente es pobre por cuenta de la corrupción sistemática y sostenida que ha llevado a la cárcel a la mitad de los alcaldes elegidos popularmente;  allí, en el reino clientelista y politiquero del PIN, con el control personal que el detenido senador Juan Carlos Martínez  tiene de alcalde, concejo, contraloría, personería y los recién elegidos Jairo Hinestroza para la Cámara y Emil Hurtado para el Senado; allí donde las denuncias de fraude descarado en las pasadas elecciones legislativas obligaron a trasladar los escrutinios a Bogotá, allí donde la compra-venta de votos ha sido el único motor electoral y el atajo y la ilegalidad son una  costumbre,  allí, en ese  muladar de desesperanza, se impuso Antanas Mockus, con 29.000 votos sobre 18.000 de Juan Manuel Santos y su aceitada maquinaria del Partido de la U. 

El milagro se dio gracias al esfuerzo de 6 mujeres: Merly, Mary, Judith, Consuelo, Claudia y Angélica, a quienes las unió el hastío. El asco por la corrupción que mantiene postrada a Buenaventura, donde el rastro de los rodos de dinero que genera el puerto no ha tomado la forma del progreso. Se armaron de una única herramienta: la fuerza de la convicción que se tradujo en largas jornadas de visitas puerta a puerta, con la que derrotaron la indiferencia. El logro en el  Valle del Cauca, de estas líderes naturales, recién salidas de la apatía inercial, además de constituir una proeza es la síntesis del espíritu que reinó  entre los 3 millones de electores de Mockus.

El mismo que motivó la reflexión de la primivotante que se estrenó con verde, Natalie Potdevin y que consignó en la web: “No soy una persona que esté muy pendiente de cómo se maneja el país, de hecho me considero bastante despistada a quien le cuesta trabajo poner los pies sobre la tierra (…). Hoy estoy inquieta y por eso escribo. Me preocupa el futuro del lugar en donde vivimos. Con lo poco que he aprendido en los 21 años que tengo, me he dado cuenta de lo absurda que es la violencia y cómo nunca llegamos a nada más que más violencia. Cómo por más de 50 años hemos combatido fuego con fuego, delincuencia con delincuencia, maldad con maldad disfrazada de justicia. Y si en ocasiones hemos ganado, he de preguntar si el resultado justificó los medios. Si es sensato ignorar el sufrimiento de muchos por el beneficio de otros… ¿Qué dirías tú si a tu hijo lo mataran diciendo que era un guerrillero, y los maquiavélicos que dieron pie a esta situación, los asesinos intelectuales, no fueran juzgados sino respaldados por quienes no hemos sufrido? (…) Hoy al ver las elecciones me sentí triste, pero no he perdido mi ilusión…”.

La  ilusión de lograr una transformación de valores,  que resulta mucho más definitiva para la sociedad  que la estéril competencia en promesas y programas en  unos debates televisivos que no son más que un rally de preguntas corchadoras,  donde termina imponiéndose, irónicamente,  el mejor entrenado en esa cloaca que es el Congreso de la República. Un criterio para escoger Presidente que también tiene que cambiar.

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