En el norte del Valle las diferencias políticas se resuelven a plomo.
Ya sucedió en Cartago con el asesinato de Ignacio Londoño, candidato a la Alcaldía, y siguió en Obando con el candidato Óscar Badillo, acorralado por las amenazas. Se trata de dos de los principales municipios del corazón del occidente colombiano, donde siguen campeando el hampa y la ilegalidad dada la impotencia de las fuerzas del Estado para imponer orden y autoridad. Llueven denuncias sobre supuestos comportamientos ilegales de coroneles de la Policía; hombres de maletín repartiendo miles de millones para comprar la colocación o remoción de candidatos que los criminales requieren para asegurarse el control de las arcas municipales. Es una lucha a muerte donde todo se vale por el control del poder local y, por consiguiente, de los presupuestos y la contratación en salud, servicios públicos, educación, cultura, obras públicas, subsidios de vivienda, y cuyo destino lógico y constitucional es asegurar una mejor calidad de vida a la gente, fin último de cualquier gobernante.
Lo que sucede en el norte del Valle, con guión de película del Oeste salvaje, se repite con pequeñas variaciones en el resto del país. A cuatro meses de las elecciones de alcaldes y gobernadores, nunca ante se había visto rapiña igual. Los partidos y sus directorios, en su deterioro progresivo, han quedado reducidos a ventorrillos de avales a los candidatos y acuden a alianzas espúreas y mortíferas para la política sin ningún significado programático. La política quedó reducida a simples sumas de votos y de dinero.
El resultado será, en enero, la llegada masiva a los cargos públicos en departamentos y municipios, el cuerpo y el alma de la sociedad, del país real donde los ciudadanos viven sus vidas. Serán los felices ganadores de la subasta de los avales, de la mano de sus socios o jefes, los archiconocidos barones electorales, amos y señores de presupuestos y nóminas y cuyo control futuro garantizan los recién elegidos que, salvo excepciones, no son los mejores, ni los líderes en sus comunidades, sino los más vivos. Y muchos de ellos, personajes grises y mediocres, algunos hasta con un pasado oscuro, pero, eso sí, hábiles para manipular los dineros públicos con propósitos particulares y con las agallas y las influencias requeridas para delinquir impunemente.
El comportamiento de los partidos en la feria de los avales profundizará su crisis y el alejamiento del ciudadano. Cada día el abismo entre ellos y la gente crece. La situación con los jóvenes es dramática, pues es una generación que participa con entusiasmo en actividades sociales y culturales, ama y señora de las redes sociales, el nuevo escenario social y político, y para ellos los partidos son promeseros irresponsables y los políticos el equivalente de corruptos y de “más de lo mismo”. Lo más grave es que quienes resulten elegidos el próximo octubre serán, de firmarse el proceso de paz, los gobernantes del posconflicto en el territorio donde se desarrollarán los acuerdos que se alcancen entre el Gobierno y la guerrilla.