UNA DE LAS PRINCIPALES CONSEcuencias de la política de seguridad democrática del Presidente Uribe es el autoritarismo.
El autoritarismo de corte militarista. La brújula política de estos seis años de gobierno orientada a la lucha contra el terrorismo ha permeado y encandilado al país. La aproximación a la realidad que se vive en las regiones, lejos de las capitales, aparece viciada por una perspectiva de seguridad militar, donde todo lo que sucede es percibido como una amenaza, de manera que el propósito de garantizar el bienestar de la gente, razón última de cualquier gobierno, queda relegado a un segundo plano. El resultado es simple: el empoderamiento de los uniformados quienes se sienten con licencia para actuar e imponer su ley en cualquier ámbito, sobre todo en el país rural.
Cualquier ciudadano puede ser considerado sospechoso y por lo tanto sujeto de requisas, retenes y hasta detenciones preventivas, víctima de la dictadura del rumor o del prejuicio sin mayores posibilidades de defensa. Las injusticias que se cometen son grandes. Los uniformados mandan, son los intocables contemporáneos que suscitan un cuasi reverencial miedo o respeto, el mismo que desde la cúpula del gobierno se le pretende arrebatar a las altas cortes, a la justicia. Se ha ido incluso incubando una nueva expresión de la vieja lagartería. Una lagartería frente al poder militar con epicentro en la clase política y en los medios de comunicación, que ahoga el debate público frente a las actuaciones de los militares. Argumentaciones descalificadoras que señalan de antipatriota a quien los cuestione, amparados bajo el pretexto de que la critica debilita la necesaria lucha contra al terrorismo. Pero no, esta lucha no puede ser a cualquier precio. Debe darse desde la democracia, es decir, desde el respeto a las libertades individuales y no desde el autoritarismo, pues lo que se busca finalmente es fortalcer finalmente la vida en democracia.
Un autoritarismo que tiene una expresión complementaria: el fundamentalismo como manera pensar y argumentar. La noción de verdad absoluta como atributo único del gobernante con aureola mesiánica, cuyo mejor ejemplo es el consejero presidencial José Obdulio Gaviria quien desde las trincheras del Uribismo como perspectiva única para ver la realidad, llega a extremos contraevidentes como que en Colombia no hay desplazados sino migrantes internos o que la parapolítica es una construcción ideológica sin bases fácticas con lo que busca descalificar entre otras las investigaciones de la Corporación Arco Iris que han permitido la judicialización de varias decenas de congresistas. El autoritarismo riñe con el disentimiento, con la plurailidad, especialmente cuando se atreve a enfrentar la sacrosanta doctrina de la Seguridad democrática. Lo grave es que esta visión autoritaria unida al fundamentalismo no solo determina la toma de decisiones del alto gobierno sino que contamina el día a día de la gente, recortando espacios democráticos, que son el escenario mismo de la vida en sociedad.