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Los paracos y la protesta campesina

01 de septiembre de 2013 - 05:00 p. m.

La movilización campesina ha contado con un apoyo inimaginable de sectores urbanos.

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Ha  sido  una significativa y justificada protesta de quienes silenciosamente, pacientemente, producen el grueso de la comida del país. Fracasaron las casandras habituales que en toda protesta ven la mano negra de  unas “fuerzas oscuras” antipatrióticas con la cual se alimenta el miedo se satanizan a quienes reclaman derechos.

La opinión pudo ver y escuchar, sin filtros ni tergiversaciones, la voz real de sus  líderes, jóvenes unos, viejos otros, que protestan contra  las decisiones  tomadas de espaldas a sus realidades y que tienen su principal  expresión en el montón de acuerdos de libre comercio (TLC) firmados de afán, con mirada tecnocrática sin consideración de las necesidades del país, por los presidentes Uribe y Santos y sus tres ministros de Agricultura, Arias, Fernández y Restrepo.  Los “sabios” del Ministerio de Comercio Exterior, reventaban de  satisfacción con cada acuerdo sin medir la consecuencias. Todos fueron unos irresponsables con Colombia. 

Los líderes campesinos se pudieron expresar y movilizar masivamente con libertad, sin el miedo que durante estos años se  apoderó  del escenario social y del espíritu de la gente. La razón del cambio es sencilla: los paracos dejaron de mangonear  en las regiones. Los rostros que empezamos  a conocer y  las voces que escuchamos en estos días a la cabeza de  las protestas  a lo largo del país, son los de una nueva dirigencia social sintonizada con sus comunidades, articulados y claros en sus planteamientos. Muchos de ellos jóvenes campesinos iguales a los que durante los últimos años  fueron asesinados selectivamente por  los paramilitares.  

En el paro campesino empezó a  retoñar con vigor y  vida el tejido social que en vano intentaron a punta de miedo y muerte los paramilitares y  sus oscuros socios y aliados. Durante los años del régimen del terror paramilitar  que contó con la complacencia y complicidad de sectores de la fuerza pública, de miembros de las élites políticas y económicas locales, rurales, y  urbanas, las comunidades no podían reunirse, mucho menos organizarse  ni pensar en expresar  sus reclamos. Quienes protestaran quedaban bajo la mira de las armas paramilitares  señalados como colaboradores de la guerrilla . que equivalía a una sentencia de muerte. La guerrilla por su parte ejercía también presión sobre la gente colocándolos en un parangón sin salida.  

El cambio iniciado se consolidará con el cese del conflicto armado. En el largo período del postconflicto y de construcción de un país en paz, el escenario democrático de la protesta ciudadana  recuperará plenamente su importancia y sentido. En él aparecerán nuevos líderes, y allí se resolverán, sin armas ni violencia  las tensiones y conflictos  propios de la vida en sociedad y en democracia.

Gran resultado para Colombia de estas semanas intensas es que ahora Gobierno y sociedad tienen de frente y sin tapujos su realidad rural. Ello hace insoslayable asumir la tarea de transformarla  no solo para garantizar una  producción campesina moderna, base de nuestra alimentación, sino también que el actual atraso rural con su carga de inequidad social,  , insostenibilidad ambiental e ineficiencia económica nos impide avanzar porque sin bienestar rural nunca habrá un país que funcione bien.

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