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No hay que hablar echando plomo

03 de agosto de 2014 - 09:34 p. m.

El título de esta columna es un trino de Álvaro Leyva, que termina diciendo: “el cese de hostilidades se inventó hace más de 2.000 años».

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Hoy se vigila por la ONU y otros”. Lo transcribo porque lo comparto. No conozco la teoría que maneja el Gobierno, mudo y misterioso con el tema de paz, pero estoy segura de que a todos en Colombia nos gustaría acompañar el avance de unas negociaciones sin el estallido de las voladuras de oleoductos ni la muerte absurda, y si se quiere antirrevolucionaria, de niños y de pobladores inocentes por acción y responsabilidad de las Farc. Pero también sin los bombardeos del Ejército, que al perseguir a columnas y jefes guerrilleros, para que no lo califiquen de flojo y entreguista, termina igualmente matando a inocentes campesinos a los que debía proteger y que terminan castigados, como si fuera un crimen, por vivir en zonas guerrilleras.

El asunto es urgente porque el proceso negociador va y seguirá lento. Según los negociadores de la guerrilla, en año y medio no se ha evacuado más del 25% de la agenda acordada. Quienes conocen las entretelas del proceso saben que los puntos críticos van a dar al congelador que, según comenta con ironía la guerrilla, ya pasó a cuarto frío, por la cantidad de pendientes, no se sabe para cuándo. El trabajo no se debe precipitar porque es complejo y puede ser definitivo para el país. Con el cese al fuego bilateral se podría avanzar sin la urgencia del tiempo y sin desafiar la paciencia ciudadana.

Las víctimas lo piden a gritos. Basta escucharlas en los recientes encuentros de Quibdó, donde estuvo el comisionado Sergio Jaramillo, y de Cali, ambos con una gran presencia de representantes internacionales. Si estas personas son de verdad el centro del proceso, su presencia debe ser tomada en serio y sus voces escuchadas. Su reconocimiento es la diferencia mayor de las actuales negociaciones respecto a las anteriores y ha permitido dejar atrás diálogos centrados exclusivamente en la guerrilla y su futuro político. Son ellas, las víctimas, las que no ocultan su cansancio con la guerra. Su voz, en esa lógica, es la que debe escuchar el Gobierno para replantear su posición y no darle más la condición de inamovible al tema del cese al fuego bilateral.

Según los informes del Observatorio de la Fundación Paz y Reconciliación del seguimiento que hicieron a las treguas decretadas unilateralmente por la guerrilla con ocasión de las elecciones legislativas y presidenciales, las Farc cumplieron lo pactado y se dio una importante disminución de ataques, que la población reconoce. El fracaso de los ceses en procesos anteriores no puede ser una razón para no intentar caminos nuevos que permitan avanzar en las negociaciones, para que en las veredas de regiones perdidas de Colombia los habitantes puedan al menos recuperar su tranquilidad mientras sale humo blanco en La Habana. Para lograrlo son contraproducentes tanto las bravuconadas presidenciales como las acciones y amenazas guerrilleras, que sólo aumentan la algarabía, el descontrol y el descontento de los ciudadanos, hartos de tanta guerra y promesas incumplidas, de lado y lado. Urge ajustar puntos de las reglas establecidas para la negociación. Y es el momento de hacerlo.

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