Como un simple ejercicio entre amigos, un grupo de muchachos se puso esta semana en la tarea de identificar colombianos que admiraran.
Líderes procedentes de la academia, la cultura, la educación, la justicia o la política, cuyas existencias pudieran ser consideradas como faros, como puntos de referencia existencial. Ciudadanos cuyas personas proyectaran respetabilidad, con la capacidad de congregar voluntades alrededor de propósitos. Respetables por su consistencia y coherencia, por sus trayectorias vitales admirables. El resultado fue revelador y decepcionante. No aparecieron nombres que conmuevan e inviten a soñar. Se confirma que las nuevas generaciones están huérfanas de líderes, de imágenes de personas e ideas movilizadoras, sumidas en un vacío de sueños y motivaciones colectivos. El resultado es el que tenemos: un individualismo que ahoga y aísla, una apatía ambiente creciente y 14 millones de colombianos menores de 30 años silenciados.
Y para verificarlo está la actual contienda electoral, que reclama a gritos la voz y la convicción de un gran dirigente con ideas y no con marrullas. Un líder que sacuda la apatía y convoque con su convicción, ideas y posiciones. Un líder que se coloque por encima de las mentiras, los engaños, la manipulación, las trampas y los atajos que hoy se han impuesto en la campaña presidencial.
Los escándalos que estallaron esta semana en las dos campañas que lideran las encuestas, auspiciadoras del juego sucio que la gente rechaza, descabezaron a sus asesores políticos de cabecera —J.J. Rendón y Luis Alfonso Hoyos—. La polarización personalista y egoísta entre Santos y Uribe —representado en Óscar Iván Zuluaga, quien no logró tomar distancia—, parece que no se supera y será el colofón de los cuatro años de gobierno, que transcurrieron en medio del barullo del coro de seguidores de uno y otro, dedicados a buscarse debilidades mutuas y no propuestas para un país que las reclama con urgencia, reclamo ahogado por los insultos de unos y otros.
Estamos ad portas de una recta final sin siquiera un debate de los candidatos. En el tintero de la democracia se quedaron discusiones cruciales sobre el medio ambiente, la explotación minera, las regulaciones del sistema financiero, la reforma rural integral, las condiciones laborales en campos y ciudades, la visión y el compromiso respecto a los acuerdos de La Habana, y la paz entendida como un compromiso de nación, de sociedad en su conjunto.
Este agónico proceso electoral muestra sin atenuantes que el discurso político perdió completamente su contenido y sentido ético. Es inmensa y justificada la frustración ciudadana frente a la política, los partidos y los políticos. Termina una campaña que pasará a la historia por vacua y estéril con la elección de un presidente desconectado de un país sumido en el escepticismo, que desconfía de una dirigencia deslegitimada a la que sus responsabilidades le quedaron grandes.
Adendum: en buena hora comenzó la judicialización de los delincuentes informáticos. Son fanáticos o mercenarios convertidos en un grave peligro social, pues atentan contra el preciado derecho democrático de informar y de ser informado, de comunicar libremente, tanto a los periodistas como a los ciudadanos del común.