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¿Qué se hicieron las ideas?

27 de diciembre de 2009 - 07:53 p. m.

SE CIERRA UN AÑO HUÉRFANO DE buenas ideas.

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De esas que inspiran, que movilizan, que invitan a soñar y a comprometerse. No las ideas caras a los filósofos volcados a reflexionar sobre la condición humana y las encrucijadas ontológicas que enfrentan hombres y sociedades en esta posmodernidad globalizada. Reflexiones no sólo lúcidas sino necesarias, como las expuestas por el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin hace un par de meses durante su viaje al país. La ausencia de buenas ideas es de los lideres, especialmente de los candidatos a la Presidencia quienes recorren el país buscando escenarios, atrapados por una aburridora letanía que no hace otra cosa que aislarlos de sus posibles electores.

Palabras rutinarias plagadas de lugares comunes, repeticiones vacías, carentes de compromiso y convicción. Del precandidato Presidente para abajo, sin excepción, candidatos presidenciales o congresionales aparecen desprovistos de la mínima capacidad propositiva, sin la audacia que los tiempos requieren. Incapaces de sembrar esperanzas o ilusiones, sin los cuales la política pierde su alma, su razón de ser: convocar, unir voluntades.

Se cierra el año sin que la política se parezca en nada a aquella que tanto añoramos y necesitamos. La de las ideas, la de los ideales, la de los valores, la de los grandes propósitos y compromisos, la de pensar en plural, en colectividades, en nosotros. Sus voceros de todos los pelajes y orientaciones sucumbieron ante el pragmatismo, al inmediatismo, amarrados enfermizamente a las (in)falibles encuestas y a los titulares de los medios de comunicación, sensacionalistas y acomodados. El pequeño chisme, la trapisonda y la discusión personalista que a nadie interesa reemplazaron al debate, a la confrontación seria de propuestas y visiones de país, visiones nacionales y con perspectiva de futuro; debates donde reinen la reflexión y los argumentos.

Sólo con ideas se podrá articular una política cuya meta sea reconstruir un país cuyo tejido fundamental está roto. Un país que requiere aproximaciones humanistas, con creatividad, lúdicas si se quiere, capaz de inventar nuevas formas de solidaridad, de convivencia con respeto, de interacciones entre el Estado y los ciudadanos. Los discursos de esta campaña no trascienden hasta ahora la formalidad, huecos, sin capacidad para sintonizarse con el alma y el sentimiento de los colombianos, con sus urgencias; en fin, con las corrientes subterráneas de la sociedad que circulan silenciosas, intimidadas por la violencia, a la espera de ser canalizadas proactivamente.

Se cierra el año con los secuestrados pudriéndose en la selva, con una guerrilla que se regodea indolente con sus actos de sevicia e inhumanidad. Y un Presidente, triste es decirlo, que preso de sus reacciones en caliente pone en riesgo la vida de los secuestrados, sin conseguir romper el círculo de la guerra. Hasta éste resulta un libreto repetido con principio y finales conocidos, donde disparar es el único verbo empleado. Un libreto que para poder cambiarlo requiere también buenas ideas. Muchas, muchas ideas son las que hacen falta en Colombia. Ideas que no sabemos qué se hicieron.

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