Es la historia de una decepción. El hombre que amaba a los perros es una novela escrita por el cubano Leonardo Padura que, sin duda alguna, lo proyecta al escenario de la literatura universal.
Es un gran libro, lúcido y valiente. “Quise utilizar la historia del asesinato de León Trotsky para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX. En el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida”.
Y lo logra con una crudeza que sacude al lector. Arranca lágrimas, produce desasosiego. Escribe con la paciencia narrativa de los buenos escritores, perseverante y sin ahorrar detalles, reconstruye personajes, síntesis de la condición humana, con su grandeza y con su pequeñez.
Padura enfrenta sin cortapisas, de manera descarnada, las complejas circunstancias en que se ha desenvuelto su existencia. Creció y no ha conocido realidad cotidiana distinta a la de la Cuba revolucionaria, bajo la presencia del poder soviético, infestado del totalitarismo ilimitado de José Stalin. En su libro se respiran el horror y la victoria del miedo y del odio en medio del delirio paranoico a caballo de una crueldad desbordada que destruyó toda voz disidente y aniquiló cualquier atisbo de libertad.
En un ejercicio en el que combina los datos fácticos con la ficción necesaria para recrear la realidad que aborda, Padura remueve y desnuda hechos significativos del tormentoso siglo XX. Aquellos que de una u otra forma rodearon la vida trágica de León Trotsky, uno de los principales dirigentes bolcheviques y artífice de la Revolución de Octubre, que terminó acosado y perseguido, obligado a vivir la pesadilla de sucesivas deportaciones y exilios hasta recalar en México, donde fue acogido por el presidente Cárdenas y el círculo de artistas e intelectuales que giraban en torno a Diego Rivera y Frida Kahlo. Sólo entonces consiguió algo de sosiego. Pero la persecución de Stalin (“el Padrecito”) no dio tregua, hasta que finalmente Ramón Mercader, un oscuro español lleno de frustración y amargura, por la derrota republicana en la Guerra Civil española, lo asesinó de un hachazo en la cabeza. Tenía 57 años.
Visitar su última residencia en Ciudad de México, donde sus paredes aún rezuman la traición y la venganza, conmovió e inspiró a un Padura que a sus 34 años hacía su primer viaje al exterior. Fue entonces cuando se gestó El hombre que amaba a los perros que, iniciada en 1989, cuando ya el muro de Berlín tambaleaba anunciando el final del mundo socialista nacido en 1917, vio la luz 15 años después.
“Réquiem” es el título del último capítulo del libro de Padura. Réquiem por la utopía del siglo XX, la utopía socialista; réquiem por la lucha por construir una sociedad igualitaria y justa, que desembocó en un mundo de imposiciones autoritarias y dictatoriales que traicionó los principios, valores y sueños de millones de personas. La de muchos de una generación que, como en Cuba, en Colombia, América Latina, le entregaron su vida a la revolución y que hoy recorren la recta final de su existencia. Algunos tan convencidos y comprometidos que el sueño socialista los empujó a empuñar el fusil en la guerrilla. Una guerrilla que ahora busca desarmarse con la misma dignidad con que en su momento las empuñó.