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Samuel el boludo y la indiferencia

21 de febrero de 2011 - 01:00 a. m.

OTRA SEMANA DE DESESPERO CIUdadano en la caotizada Bogotá. Eternos trancones acentuados por el paro camionero.

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Rabia, mucha rabia. Secretaria de Gobierno inexperta y un alcalde sin autoridad. Basura, mugre, descuido. Bogotá es una ciudad asolada, que simplemente no funciona.

Felipe Zuleta publicó en la revista virtual www.kienyke.com una columna titulada ‘Samuel, el boludo’. La acogida que tuvo no tiene explicación distinta a que interpretó una percepción ciudadana de desgobierno y falta de autoridad, dos defectos garrafales para este alcalde a los que deben sumársele los señalamientos de corrupción en la contratación y el clientelismo en el Distrito; contratación con criterio politiquero y electorero para asegurar la sobrevivencia de la agonizante Anapo (léase Casa Moreno) y el sector del Polo que los apoyó y vergonzosamente los apoya. Un alcalde que se ha encargado de destruir lo construido, que, como Atila, ha arrasado con todo.

Samuel Moreno se ha querido presentar, en palabras de Zuleta: como un boludo. Un buen tipo que vive sorprendido por los acontecimientos, permanentemente asaltado en su buena fe. Su escenario de gobierno es lamentable: funcionarios distritales, bajo sus órdenes, que les piden a profesionales respetables respaldos políticos de concejales y congresistas para ser nombrados; técnicos incompetentes que le preparan documentos para fundamentar los grandes proyectos de la ciudad que fracasan por inconsistentes; para completar, todos los testimonios coinciden en señalar que las coimas y comisiones de los millonarias contrataciones han tenido como destinatarios últimos a Iván Moreno y en algunos casos al propio alcalde. Y sin embargo, Samuel Moreno insiste en querer hacer creer, inútilmente, que todo ocurre a sus espaldas.

La administración distrital huele tan mal como las basuras del relleno de Doña Juana, mientras el alcalde se perfuma para asistir a galas o prepara declaraciones mediáticas haciéndose siempre el de la vista gorda. Pero nada de esto es cierto. Su responsabilidad en la catástrofe distrital es tan clara como su incapacidad para tomar decisiones y ejecutar con trasparencia las propuestas que lo llevaron a ocupar la principal butaca del Palacio Liévano hace ya tres años.

Moreno está jugando con candela. La paciencia ciudadana tiene límites y cuando explota, explota. Se respira un malestar y una indignación colectiva que permanece aún agazapada. Como estuvo por años la de los jóvenes de Egipto. La indiferencia bogotana no ha pasado de ser un refunfuñe creciente en la calle, en el transmilenio, en las oficinas, en los círculos sociales, pero en cualquier momento puede cambiar de forma. Las redes sociales aún no han reaccionado ni mostrado su potencial movilizador como lo hicieron aquel 4 de febrero en la marcha contra las Farc y como se vio en la rebelión social egipcia que tumbó en una semana, sin disparar un tiro, a un dictador de 40 años como Mubarak.

La indiferencia, la abulia y la desidia que aún gobiernan la ciudadanía pueden explicarse en las palabras de Francisco de Roux, el provincial de los Jesuitas, cuando dice que la conciencia moral de los colombianos tuvo un quiebre muy profundo del que aún no se ha recuperado. Un quiebre que nos ha llevado a ser tolerantes con la ilegalidad, llámese narcotráfico o corrupción, con las gama de maquiavelismos cínicos y con todas las enfermedades sociales que corroen el alma nacional. Una tolerancia que se vuelve complicidad, pero que Bogotá puede convertirse en el primer escenario del cambio que todos estamos esperando. Ojalá.

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