APARENTEMENTE TODO SIGUE igual. Los mismos huecos, desorden en el espacio público, un centro tomado por las ventas ambulantes, menos basuras eso sí y zonas verdes mejor cuidadas.
Probablemente los pobres sean los mismos y más negros lleguen de la Costa Pacífica. Pero las ciudades y las sociedades en ocasiones empiezan sus cambios de fondo por caminos inciertos e inesperados. A espaldas de las autoridades y sin un peso del presupuesto público. Cambios que pasan por encima de las elites tradicionales y de los políticos. Cali parece ser un buen ejemplo.
Un despegue alimentado por la vía de la cultura, pero no la cultura de los cultos, sino la cultura como expresión viva de la gente. De los sectores populares, excluidos pero con identidad, donde los negros, en esta Cali contemporánea, tienen una gran influencia con su música, su baile y su sensibilidad ante la vida. Allí viven 1 millón de ellos, el 40% de sus habitantes. Tiene la mayor población urbana afro de Colombia y la segunda de Suramérica, después de Bahía en el nordeste brasileño.
En la pasada Feria de Cali, bien organizada y altamente participativa y popular, sin el tufillo de mafia que la había invadido en los últimos años, afloró la nueva realidad social que empieza a vivir la ciudad. En el novedoso y exitoso salsódromo, 1.200 muchachos de las barriadas de Cali participaron en un maratón de grupos juveniles, innovadores en su forma de bailar, de sentir la música, creativos en vestuarios y coreografías, salidos de las 400 escuelas de salsa que han nacido espontáneamente en los barrios humildes. Ahí se resumen cuarenta años desde la llegada del ritmo por Buenaventura, transformado en vivencia para enfrentar y resistir la adversidad, la dura cotidianidad, la violencia que se instaló en la ciudad. La Cali que baila es otra. Es una Cali viva que no le cede terreno a nada ni a nadie .
Cali empieza a dar señales de vida. Dispuesta a dejar atarás los años de depresión y desesperanza. Ha asumido, sin proponérselo, la tarea de reencontrarse a sí misma. Miles de gentes alegres, en calles y parques, re-ocupando en espacios perdidos la convivencia, convierten a la ciudad en un territorio de encuentro, de convergencia, rompiendo barreras y distancias sociales, antes infranqueables. La música y el baile, la salsa como un vaso comunicante, que integra a una ciudad sumida en una dolorosa y rabiosa polarización, como lo demostraron electoralmente las últimas tres elecciones de alcalde —John Maro Rodríguez, Apolinar Salcedo y Jorge Iván Ospina— en las que los odios y resentimientos de clase han determinado las decisiones ciudadanas.
La cultura —música y baile— se convierte en bálsamo integrador, capaz de superar la exclusión y la invisibilización de miles de pobres, con Aguablanca a la cabeza. Capaz de construir puentes humanos, de curar viejos dolores. Siembra la esperanza que ningún político había logrado con sus discursos y promesas. No se trata de la fórmula simplista de pan y circo. Es algo más profundo: la expresión de sentimientos profundos que permite definir una identidad, un punto de encuentro que se había perdido y que puede ser la partida para reconstruir sentido de pertenencia, de un futuro compartido. El alcalde Jorge Iván Ospina ha entendido el nuevo pulso de la ciudad, se sintonizó con él y lo está canalizando positivamente. Ello explicaría la creciente aprobación ciudadana, que ojalá aproveche para impulsar ejecuciones de fondo, al entender que en la vida de la gente la cultura pesa tanto como el concreto de las obras públicas.