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Uribito y el hambre

01 de febrero de 2009 - 11:41 p. m.

MIENTRAS 95 PAÍSES SE REÚNEN en madrid, a instancias del presidente español Rodríguez Zapatero y del Secretario General de la ONU, en un foro mundial sobre seguridad alimentaria, para enfrentar ordenadamente la realidad espantosa de 963 millones de personas (1 de cada 7) que en el mundo padecen hambre, el ministro de Agricultura de Colombia, Andrés Felipe Arias, mejor conocido como Uribito, se dedica a construir su plataforma política para aspirar a la Presidencia de Colombia. Suena a un mal chiste, a cinismo o ironía.

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El 21 de enero pasado, se prestó para que en la inauguración de la Feria de Catama en Villavicencio, se distribuyeran masivamente ponchos y volantes a todo color con un fotografía en degradé del presidente Uribe que progresivamente se transformaba en Andrés Felipe Arias… ¡dizque para continuar el liderazgo que Colombia necesita!

Ni ahora ni en sus cuatro años de ministerio su preocupación ha sido el hambre. Muy posiblemente no le quita el sueño el hecho que el 41% de hogares colombianos, 20 millones de compatriotas, no tenga seguro su alimento y frecuentemente deban acostarse sin pasar bocado. Según datos de la FAO, el hambre en Colombia  presenta un claro comportamiento ascendente. Pero el Ministro, responsable de la producción rural, de donde sale la comida que empieza a escasear, está en otro cuento, en la carrera por el poder.

Su ambición se reveló pronto. Se  estrenó como técnico en el Ministerio de Hacienda, director de Política Macroeconómica, pero en su afán por avanzar a toda costa se hizo nombrar rápidamente, vía la Casa de Nariño, viceministro de Hacienda. No tardaron en aparecer las zancadillas y deslealtades que tenían un solo propósito: desbancar al ministro Alberto Carrasquilla. En este primer pulso salió derrotado, pero consiguió un traslado horizontal al Ministerio de Agricultura, a donde llegó con igual propósito y allí, en menos de un año, coronó. Para ello, el Presidente le despejó el camino: nombró al ministro Carlos Gustavo Cano en la junta del Banco de la República y Uribito alcanzó su sueño ministerial el 4 de febrero de 2005.

Pero quiere volar más alto. No importan los precarios resultados de su cartera; que la producción rural continúe en picada; que sigan sin concretarse estímulos para la necesaria y posible transformación de la agricultura que permitirían la utilización productiva de 10 millones de hectáreas en momentos en que en el mundo falta la comida. La reforma institucional del sector con el Incoder ha fracasado con una política de tierras inexistente, salpicado por escándalos de corrupción. Un Ministro que no reconoce el papel del pequeño productor campesino como actor de primera línea en la nueva agricultura, que requiere capacitación para liberarlo del atavismo productivo y colocarlo en condiciones de manejar tecnologías modernas y más bien, por ejemplo, ha intentado favorecer a un puñado de palmicultores con las 17.000 hectáreas de Carimagua.

Su preocupación obsesiva son los titulares.  Es víctima de una verdadera compulsión mediática que lo ha llevado a exhibirse por el país con las camisetas del “No al despeje”, o a satanizar las protestas sociales y señalar infiltraciones terroristas en las marchas de los indígenas del Cauca, para desconocer sus derechos, cuya vigilancia y proyección le encomienda la Constitución. Tiene claro que combatir  el hambre con comida no da prensa y su agenda tiene una sola motivación: el poder personal.

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