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Videla: el mal

19 de mayo de 2013 - 06:00 p. m.

Nada, ni la muerte que le respiraba cerca, logró quebrar la soberbia del dictador Jorge Rafael Videla.

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Dos días antes de morir a los 87 años, dejó la cárcel Marcos Paz para presentarse en el juicio por el Plan Cóndor: el plan de aniquilamiento sistemático adelantado conjuntamente por los organismos de represión de Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Brasil y Argentina en la década de los 70. Alegó crisis de memoria para no declarar, pero en un texto escrito asumió la responsabilidad castrense por los actos en la sangrienta dictadura.

Su actitud final, sin arrepentimiento, sin una brizna de humanidad, recordó el cinismo con el que defendió las desapariciones forzadas como una política de Estado. “Había que eliminar a un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la Justicia ni tampoco fusiladas (…). El dilema era cómo hacerlo para que a la sociedad le pasara desapercibido. La solución fue sutil: la desaparición de personas, con lo que creaba una sensación ambigua en la gente: no estaban, no se sabía qué había pasado con ellos. Yo los definí alguna vez como una entelequia. Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte”. Treinta mil argentinos corrieron esta mala suerte. Doce mil fueron asesinados.

Los espeluznantes relatos que aparecen en el libro Nunca más, producto de la Comisión de la Verdad que coordinó Ernesto Sábato, dan cuenta de las formas atroces a las que puede llegar la maldad humana. Una de ellas, los “vuelos”. Un método letal que repetían cada miércoles. Un enfermero inyectaba con un sedante a los detenidos, los transportaban zombis al aeropuerto militar, desde donde partía el vuelo de la muerte. A bordo les aplicaban una segunda dosis, los desvestían desmayados, y cuando el comandante daba la orden, se abría la puerta para arrojarlos desnudos, uno a uno, al mar. Así se esfumó la huella de miles de argentinos. El esclarecimiento de cientos de crímenes de Estado sigue inconcluso. Videla se fue con sus horrendos secretos.

El dictador fue indultado por Carlos Menem en 1990, pero ocho años después fue detenido por el robo de bebés. El Tribunal Oral Federal 6 lo condenó a 50 años de prisión al ser encontrado responsable de la puesta en marcha de un plan sistemático de sustracción de menores a secuestradas en centros clandestinos de detención, y puntualmente condenado por 18 casos. Impávido, justificó los hechos: “Las parturientas usaban a sus hijos embrionarios como escudos”.

Rafael Videla es uno de los ejemplos de inhumanidad y crueldad que aparecen documentados en el libro Las raíces del mal, de John Keynes. El mal entendido como un problema moral. Forma parte de aquellos que combinan motivaciones políticas y personales con acciones destructivas que conllevan a liquidar al otro. Cuando la ambición, la codicia y la crueldad moldean la psiquis y disparan fuerzas incontenibles, instintos degradantes que conducen al aniquilamiento, no necesariamente físico, del contrincante. Del opositor. Una práctica que llegó a los límites en la dictadura argentina, pero que desde el poder se aplica, no de manera masiva, pero sí individualmente, entre nosotros. ¡Para qué negarlo!

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