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Desde Roma con escopeta de regadera

20 de septiembre de 2014 - 09:00 p. m.

DESDE LA CONTRALORÍA, SANDRA Morelli construyó una imagen de mujer guerrera, sin pelos en la lengua, mamá leona de los recursos públicos, puntal de la lucha contra la corrupción.

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Se inauguró denunciando a su antecesor por despilfarro, se enfrentó al ministro de Hacienda por recursos para ampliar la nómina para vigilar las regalías, y a las cortes por el carrusel de las pensiones; puso banderillas negras a multinacionales mineras por irregularidades en la liquidación de regalías e impuestos; abrió investigaciones a entidades territoriales por falta de controles en la aprobación de vigencias futuras, y pidió suspender gobernadores y alcaldes; repartió a diestra y siniestra controles de advertencia y entabló juicios de responsabilidad fiscal a los involucrados en el carrusel de la contratación y en el escándalo de Saludcoop —entre otros—, y como corolario acusó al fiscal Montealegre de recibir —ya en el cargo— honorarios de esa EPS, de la cual había sido asesor, y de dilatar la investigación.

Sabía que en un país hastiado con la corrupción la galería pedía sangre, y ella le dio sangre, algunas veces de inocentes. En no pocas ocasiones abusó de sus facultades y aprovechó el insaciable apetito de los medios por el escándalo para irse lanza en ristre incluso contra funcionarios honestos, y para destapar casos de supuesta corrupción que terminaron en más ruido que nueces. Pese a ser una experta en tiro al plato, varias veces erró el blanco.

No admitía errores; la verdad era su verdad y punto, y frente a sus críticos y contradictores se defendía con golpes bajos, por el flanco personal. Amenazaba, intimidaba, vigilaba como ave de rapiña, pero no toleraba ser vigilada. Cayó en la trampa del poder, se sintió infalible e intocable.

Administró la justicia fiscal en forma implacable, pero cuando a ella le llegó la hora de responder por el polémico arriendo de las nuevas oficinas de la Contraloría, se fue del país y ahora intenta vender una imagen de víctima. Víctima del odio y la persecución del fiscal Montealegre, de la falta de garantías, de un complot Fiscalía-empresarios-Gobierno para acabar con ella y con la Contraloría, como le dijo a Vicky Dávila en entrevista para RCN Noticias la semana pasada. Una entrevista en la que disparó con escopeta de regadera, llena acusaciones sin prueba, de medias verdades y exageraciones, de chismes de cocina, pero en la que dejó abierto el gran interrogante sobre por qué Carlos Gustavo Palacino, principal responsable del mayor desfalco a la salud y excliente del fiscal, está libre viviendo en Miami.

Morelli también justificó su salida porque —según ella— iban a meterla a la cárcel y su hijo iba a quedar en manos de Bienestar Familiar. No soy quién para juzgar sus miedos y prevenciones, pero cabe recordar que no es el fiscal quien la juzga, sino la Corte Suprema, y que su proceso está vigilado por un delegado de la Procuraduría y un juez de garantías. ¿Todos la odian y persiguen? ¿Con ella al timón de la Contraloría había Estado de Derecho, pero con ella acusada es un “hazmerreír”? ¿No existen instancias internacionales a las que podría acudir para que le garanticen el debido proceso?

Al margen de estas preguntas, una final sobre el poder. Pienso en el que ayer tuvo Sandra Morelli y en el que hoy detentan tanto su gran enemigo el fiscal Montealegre, como su gran amigo el procurador Ordóñez, que presentan los mismos síntomas que en su momento ella mostró: inflación del ego, soberbia, sensación de superioridad, de invulnerabilidad, de estar por encima del común de los mortales… No sé si el poder cambia a las personas o si revela lo que ellas realmente son, como dice el presidente uruguayo ‘Pepe’ Mujica. No sé, pero mal nos va con los poderosos desbocados. 

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