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El papa Francisco, ¡che, fenómeno!

20 de diciembre de 2014 - 09:00 p. m.

Si el Papa Juan Pablo II tiene un lugar en la historia política mundial como el pontífice que cumplió un papel clave en el derrumbe del comunismo, el papa Francisco ya tiene garantizado el suyo como el que contribuyó al desmoronamiento de la llamada cortina de hierro del Caribe, el último reducto de la Guerra Fría en América Latina.

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No fueron providenciales las intervenciones papales —el modelo comunista y el embargo hacían agua por sus propios errores y debilidades—, pero los pontífices supieron leer los signos de ese proceso acumulado de hechos —tozudos que son—, que hacían inevitable el cambio. En el caso del embargo, que en 54 años de bloqueo no fue posible asfixiar el régimen castrista ni forzar cambios democráticos en Cuba.

El papa Francisco, acusado en voz baja por los sectores más conservadores de interesarse más por los problemas terrenales que por los dogmas, quiere ejercer su poder temporal no sólo para cambiar la Iglesia, sino para contribuir a que el mundo cambie. Fue lo que hizo con Estados Unidos y Cuba: tender puentes para hacer posible lo que antes impensable. Puso en movimiento la diplomacia vaticana y —dicen los que saben— que fue decisiva una reunión a puerta cerrada con Obama en marzo de este año, de la cual nada trascendió, pero de cuya importancia el presidente dio señales cuando dijo, al final de la misma, que el mundo debía escuchar la voz del papa. Un reconocimiento de su liderazgo político global.

El papa envió cartas personales a Raúl Castro y a Obama e incluso ofreció el Vaticano como punto de encuentro neutral, todo bajo la más estricta confidencialidad. Sólo después de que los dos líderes dieron la noticia y agradecieron la mediación papal, el Vaticano confirmó las cartas papales para invitar a Obama y a Castro “a resolver cuestiones humanitarias de común interés, como la situación de algunos detenidos”.

La liberación de presos de uno y otro lado fue la cara humanitaria de ese acercamiento, y en el fondo de los cambios en la política exterior de Washington, que anticipan modificaciones en las prioridades de la isla, repercusiones en la Venezuela de Maduro y, de rebote, en el proceso de paz colombiano. Cuba vive del petróleo de Venezuela, cuya renta petrolera ha caído en forma tan brutal por el desplome de los precios del crudo, que no podrá seguir subsidiando a los cubanos, y esa falta de apoyo podría hacer colapsar el régimen. Por eso, el camino abierto para normalizar las relaciones EE.UU.-Cuba y levantar el embargo obliga al régimen castrista a cambiar el punto de mira político y económico, que no podrá seguir siendo Venezuela.

Por otra parte, el clima que crea el anuncio es positivo para las conversaciones de paz con las Farc. Que la Casa Blanca abra espacios de negociación con Cuba es la aceptación tácita de que la apuesta por la fuerza para derrocar al castrismo ha sido inútil, y eso le da mayor seguridad al proceso y legitimidad a Cuba como sede de las negociaciones, y de paso le quita piso a la petición del expresidente Uribe de cambiarla “porque es cómplice del terrorismo”.

El papa Francisco, que apuesta por la paz porque cree en el diálogo y en el respeto por las diferencias, cumplió su parte en el acercamiento de EE.UU. a Cuba, y también mueve los hilos para que el gobierno de Maduro disminuya el nivel de confrontación. ¿Por qué, entonces, no pedirle sus buenos oficios para que Farc y Gobierno metan el acelerador a la negociación? ¿Y qué tal una conversadita con Santos y Uribe? El papa Francisco… ¿che, fenómeno!

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