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Ídolo con pies de barro

16 de enero de 2011 - 01:00 a. m.

NO ME ESCANDALIZO CON FACILI-dad ni me considero mojigata o de mente retorcida y llena de prejuicios, pero manosear el “pirulí” de un niño, conducta que tiene al cantante de vallenato Silvestre Dangond en el ojo del huracán, no me parece ni normal ni correcto.

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Que tanto el cantante como muchos de sus coterráneos lo consideren algo cultural y característico de la idiosincrasia caribeña o que los toqueteos, como él mismo contó, hayan sido un juego habitual con sus primos cuando eran niños, no los convierte en normales, ni en aceptables urbi et orbi, ni en justificación para replicarlos en público con un menor a quien, además, antes de tocarlo le “tiró un billete”.

¿Habría hecho lo mismo si, en lugar de un niño de bajos recursos, hubiera sido un vástago de los Molina o los Araújo, prestigiosas familias de Valledupar? Lo dudo. La conducta de Dangond se llama abuso, violación de la intimidad, y como fue al amparo de la fama —y del billete— constituye también un abuso de poder. Tal vez porque el joven ve al cantante como un ídolo aceptó sin protestar la agresión —agresión disfrazada—, un gesto irrespetuoso, vulgar e inapropiado, así muchos lo hayan celebrado y aplaudido. El precio por cantar al lado del ídolo. Ídolo con pies de barro, como Diomedes y Pambelé y tantos otros.

Dangond ha intentado banalizar y minimizar el asunto y atribuye el escándalo al deseo de dañar su imagen. “Que los medios se dediquen a asuntos más productivos, aquí hay unas manos metidas con ganas de hacer daño —dijo—. No hay que ponerle tabú a la situación”. A mí, por el contrario, me parece que las manos metidas donde hacen daño son las de Dangond y no las de los medios que mostraron el video que lo puso en evidencia, y que la polémica es productiva porque invita a reflexionar sobre esa actitud permisiva con todo tipo de abusos —algunos no tan evidentes—, en especial con las mujeres y los niños. Costumbres abusivas de la cultura machista que florece silvestre entre los colombianos. Como el nombre del cantante.

Pero, además, creo que debe ser tabú tocar las partes íntimas de una persona sin su consentimiento, en especial si se trata de un menor (las leyes lo contemplan como delito punible con hasta 13 años de cárcel). En su forma positiva, el tabú es un mecanismo de protección social y proteger a los niños de cualquier tipo de abuso, por insignificante que parezca, es obligación de todos. Es probable, como ha dicho el cantante, quien ofreció disculpas al niño y a su familia, que su intención no fue ofender, pero de ahora en adelante tendrá que pensar muy bien dónde pone las manos. Y será la Justicia, si prospera la demanda anunciada en su contra, la que diga la última palabra.

No me sorprende la actitud ligera de Dangond. Me sorprende sí la actitud de los familiares que, en lugar de cumplir con su principal obligación como es la de proteger los derechos y la dignidad del joven, se han sumado al coro de los defensores del cantante que consideran que se armó una tormenta en un vaso de agua. ¿Hubo un acuerdo económico de por medio?

Dangond ha hecho pública ostentación del billete que se gana, muy sobradito como todo nuevo rico, y quiere proteger su imagen. Y en una sociedad en la que la plata todo lo compra y todo lo pervierte, y en la cual, como habría dicho mi abuela, “por la plata baila el perro”, creo que la pregunta no sobra. Como tampoco sobra traer a colación la columna que publicó el pasado jueves en El Tiempo el novelista e intelectual costeño Óscar Collazos, en la que señala cómo “la exhibición prepotente del dinero”, típica de los mafiosos, se complementa con “la exaltación pública de los genitales masculinos”, típica del machismo. El caso Dangond revela mucho de la descomposición social.

 

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