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La ausencia de Chávez

21 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

La ausencia de cuba de la VI Cumbre de las Américas no fue la que dejó más inquietudes e interrogantes porque estaba anunciada.

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Tampoco la del presidente Correa, que se adivinaba, y menos aún la de Daniel Ortega, a quien no se echó de menos. Fue la del presidente Chávez, y no tanto porque habitualmente ha sido la voz cantante de los gobiernos izquierdosos de la región, sino por la incertidumbre que genera su enfermedad y las implicaciones políticas de su eventual retiro del poder.

El grave estado de salud que le impidió hacerse presente en Cartagena y que lo tiene lejos de los micrófonos, ha impulsado hacia arriba las apuestas de que más temprano que tarde tendrá que dar un paso al costado y archivar su aspiración de renovar su mandato por tercera vez, apuestas que corren paralelas a la pugna interna del chavismo por la sucesión y a la creciente alarma de la oposición y de sectores moderados del chavismo por la llamada Ley de Emergencia Revolucionaria, que contempla la suspensión de derechos constitucionales en caso de agitación política, y que sería aplicada por el Comando Antigolpe, cuya creación anunció Chávez hace pocos días.

El nerviosismo cunde en el alto gobierno porque el presidente ya no puede ocultar que está perdiendo la batalla contra el cáncer y no puede seguir haciendo lo que hacía. Y aumentan los rumores en el sentido de que los militares del círculo más cercano al mandatario, conocidos como ‘el cartel de los soles’ por sus vínculos con el narcotráfico, tienen para blindarse en caso de que muera su jefe y se vea amenazada la supervivencia del régimen, que incluye la conformación de una junta revolucionaria. Por su parte, el columnista Nelson Bocaranda, uno de los venezolanos mejor informados sobre lo que se cocina en el palacio de Miraflores, asegura que Chávez les dijo al vicepresidente Jaua y al canciller Maduro que debían pensar en otro candidato, y vaticina que Maduro podría ser el ungido. De inmediato, los militares le hicieron saber que Chávez nunca dejaría a un civil como sucesor porque su compromiso es, por encima de todo, con sus colegas de uniforme, que la revolución bolivariana es una revolución militar, y que les sería muy difícil obedecer las órdenes de un civil, así sea el más chavista de todos, lo cual encaja muy bien con previas declaraciones del ministro de Defensa, general (r) Henry Rangel Silva, en el sentido de que las Fuerzas Armadas no aceptarían un triunfo de la oposición.

Hoy la política está básicamente copada por el chavismo y la lucha interna por la sucesión que libra el ala militar, proclive a saltarse los cauces institucionales, liderada por Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y del partido de gobierno, y el ala civil de Maduro y Jaua —e incluso Adán Chávez, hermano del presidente—, que al parecer estarían dispuestos a participar en las elecciones para defender el proyecto chavista. Un ambiente caldeado que subió aun más de temperatura el jueves pasado con las declaraciones de Eladio Aponte, expolicía convertido en juez por decisión de Chávez y luego destituido, que hoy colabora con la DEA y dijo que Chávez manipula a los jueces y que varios generales y altos funcionarios tienen nexos con el narcotráfico. Plato servido para que Maduro reaccionara diciendo que Aponte es una ficha más de la conspiración gringa contra el gobierno venezolano.

Mientras soplan vientos de conflicto en el chavismo, el candidato de la oposición Henrique Capriles (entre 13 y 30 puntos por detrás de Chávez, según las encuestas), pasa de agache frente a la artillería propagandística oficial que lo llama traidor y antipatriota por su participación en el golpe de 2002, y mantiene su estrategia de no confrontación y de hacer recorridos casa por casa. El cáncer de Chávez tiene en jaque a la política venezolana. Lo único cierto es la incertidumbre.

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