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Nuevo movimiento político asoma la nariz

11 de agosto de 2012 - 06:00 p. m.

Aplaudo —y de pie— la iniciativa ‘pedimos la palabra’ que reunió en Medellín a un grupo de académicos y varias figuras de la política (la mayoría disidentes de los partidos Liberal, Verde y Polo)…

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Aplaudo —y de pie— la iniciativa ‘pedimos la palabra’ que reunió en Medellín a un grupo de académicos y varias figuras de la política (la mayoría disidentes de los partidos Liberal, Verde y Polo) y que, según la declaración que hicieron pública al final del encuentro, responde a la necesidad de crear un espacio alternativo de discusión por encima de la polarización Santos-Uribe —mezquina y peligrosa— y, sobre todo, de recuperar la política en su sentido más noble y amplio, ese que la vincula a la reflexión sobre cómo construir una sociedad mejor, más equitativa e incluyente, sobre cómo desterrar la corrupción y el clientelismo para devolverle a la función pública —desprestigiada y generadora de desconfianza— su capacidad para gestionar el bien común.

Se declaran de centro y entre ellos no hay unanimismo —tampoco lo pretenden—, pues de lo que se trata es de reconocer y aceptar las diferencias, de abrir un debate civilizado, de oír otras voces en otras ciudades y regiones con el fin de avanzar en un ejercicio plural de intercambio de ideas, en la búsqueda de soluciones conjuntas para los grandes problemas del país, para imaginar y explorar caminos de reconciliación y de paz, para defender la Constitución del 91 y contribuir a fortalecer un Estado democrático donde el derecho sea el árbitro de los conflictos, no la violencia y la intolerancia.

Nobles propósitos de un movimiento ciudadano, apenas en embrión, que aún no decide si va o no a convertirse en movimiento político, alternativa que, sin embargo, ninguno de los participante descarta. De ahí la apuesta a que, más temprano que tarde, ese será su destino, su puerto de llegada. No parece lógico que un grupo en el cual se destacan algunas figuras políticas —nuevas unas y otras no tanto— deseche la posibilidad de jugar en un escenario donde pueda concretar su vocación de poder.

El plato está servido y el caldo de cultivo está en esa nueva ciudadanía indignada con la degradación y descomposición de la política y los políticos, y hastiada con la polarización, una ciudadanía que busca opciones de cambio, la que en las pasadas elecciones presidenciales fue “ola verde”, la misma que por las redes sociales y los medios que le dieron voz se hizo sentir y se expresó contra la reforma a la justicia y ayudó a enterrarla. Pero aun con el terreno propicio, si ese nuevo movimiento ciudadano aspira a convertirse en movimiento político y en opción real de poder, no la tiene fácil. De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno y así lo demuestra la experiencia de Mockus y la ola verde en los comicios presidenciales de 2010. El quid estaría, entonces, en la organización, y el reto en establecer liderazgos claros y en definir una propuesta de cambio capaz de canalizar a ese país en ebullición, de conquistar a tantos ciudadanos indignados, de convencerlos para que den el paso de la indignación a la participación. ¿Lograrán el recambio de actores políticos, romper el escenario de la polarización, aterrizar los buenos propósitos y no caer en la utopía? Quiero creer que sí, aunque es una carrera de largo aliento en la que hay que salvar grandes obstáculos. El primero de todos: el escepticismo.

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