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Para leer en vacaciones

31 de diciembre de 2011 - 05:11 a. m.

A ESTAS ALTURAS DEL PARTIDO, cuando el ritmo de trabajo es menor y buena parte de los colombianos han hecho un receso y toman vacaciones, nada mejor que leer un libro. Acudo a la lista de los libros que la revista Arcadia considera como los mejores del año para hacer algunas recomendaciones.

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Al presidente Santos y a los ministros del gabinete, Algo va mal, de Tony Judt, para que no pierdan el norte trazado por la promesa de la “prosperidad democrática”, y cuando vayan a tomar una decisión o a impulsar una nueva ley, se pregunten: ¿Es legítimo? ¿Es justo? ¿Contribuye al bien común? Preguntas que deberían convertir en mantra colectivo, así como el presidente tiene el suyo muy personal: “No pecu, no pecu…” (no pelear con Uribe).


A la fiscal general, Viviane Morales, Pulso, de Julian Barnes, 14 cuentos llenos de fino humor que recrean escenas de la vida de pareja y que, como lo señala la reseña, “nos recuerdan lo extendida y universal que es la tontería humana”. También Los enamoramientos, de Xavier Marías, y Amor ciego, de V. S. Pritchett.


A la ministra de Educación, María Fernanda Campo, Sin fines de lucro, de Martha Nussbaum, un libro que cuestiona la tendencia de las políticas educativas a privilegiar lo útil, lo económicamente productivo, en detrimento de las humanidades, fundamentales para el desarrollo de la democracia.


Al ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, El costo de los derechos, de Stephen Holmes y Cass R. Sunstein, para que no tenga culillo si le toca crear más impuestos, pues los autores desmontan la teoría de que a menos tributación más actividad económica y, por consiguiente, mayor recaudo.


Al Congreso de la República, La luz difícil, de Tomás González, para que no sigan dándole largas al proyecto de reglamentación de la eutanasia, aprobado en 2008 por la plenaria en el Senado y que hoy duerme en la Cámara el sueño de los justos.


A Timochenko y a todos los de su calaña, Un terrible amor por la guerra, de James Hillman, para que entiendan el porqué de su atracción fatal por esa experiencia tan devastadora y encuentren razones para dejar las armas.


A los indiferentes frente a la suerte de tantos afectados por la violencia, Del otro lado, de Alfredo Molano. Seis historias de colombianos de carne y hueso que son también las de las múltiples violencias colombianas y cuya conclusión podría resumirse en la frase de Nury, una de las protagonistas: “La guerra tapa las entendederas”.


A los tapados de entendederas, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, novela que constituye una mirada retrospectiva sobre cómo el miedo y el terror marcaron a la generación que creció en los años del auge del narcotráfico.

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Y otras recomendaciones que no hace Arcadia pero que valen la pena: al procurador Alejandro Ordóñez, Hoy no es ayer, de Santos Juliá, y La fe ciega, de Gustavo Nielsen. A los magistrados de la Corte Suprema, el Consejo de Estado y el Consejo Superior de la Judicatura, Trifulca a la vista, de Nancy Mitford. Al presidente del Congreso, Juan Manuel Corzo, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larsson. A los Nule y a Carlos Alonso Lucio, Mi prontuario, de Emilio Rodrigué. A los hermanos Moreno Rojas, Los nenes, de Patricio Fernández. A Jerónimo y Tomás Uribe, Creía que mi padre era Dios, de Paul Auster. Al expresidente Uribe, Eclipse, de John Banville. A María del Pilar Hurtado, exdirectora del DAS asilada en Panamá, las viejas historietas de Bugs Bunny. A los que quedan del Polo, Lo que queda de la izquierda, de Jorge Castañeda y Marco A. Morales Y al jet set criollo, Diccionario de Literatura para Esnobs, de Fabrice Gaignault?Impedimenta. ¡Feliz año!

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