No soy fanática del fútbol; hago parte de esa despreciada minoría que no siente pasión por ese deporte y que mucho menos lo considera un arte.
Sin embargo, debo confesar que es la primera vez en un Mundial que he sentido emoción y que, claro está, se la debo a la Selección de Pékerman.
Después de haber sufrido las pequeñas y grandes miserias de la política durante la campaña presidencial, y luego de tres mundiales sin la participación de Colombia y sobre todo ahora sin la influencia de las mafias, la Selección nos ha dado razones de sobra para sacar pecho y sentirnos orgullosos. En buena hora salieron de la cancha el Bolillo y su rosca, y en buena hora ese estilo de liderazgo patán y autoritario del paisa fue sustituido por el sereno, racional y transformador del veterano director técnico argentino, que escogió a los jugadores con criterio exclusivamente futbolístico —sin ceder a presiones—, les transmitió confianza y diseñó un plan de preparación física y mental con el único objetivo de clasificar para el Mundial, y lo logró.
El plan funcionó y Pékerman y sus muchachos les devolvieron el optimismo no solo a los hinchas, sino también a los que no lo somos. Al escribir esta columna no sé si Colombia ganó o perdió frente a Brasil, pero no importa. James, Yepes, Cuadrado, Teo, Jackson, Quintero, Armero, Ospina y Cía., de la mano del argentino imperturbable, han representado al país en forma grande y seria y, aún más importante, han dejado lecciones fundamentales para aprender. La primera, que nadie es imprescindible. No obstante la ausencia de Falcao con sus enormes virtudes (tenacidad, capacidad técnica, fortaleza física y mental, dice Valdano, no yo, que nada sé), el equipo no bajó la nota y se ha desempeñado a fondo, sin complejos. Ha dado lo mejor de sí y aunque sin duda echó de menos al Tigre, éste les ha servido de inspiración.
De ahí la segunda lección, y es la importancia de saber jugar en equipo, en forma solidaria —uno para todos y todos para uno—. Pékerman logró crear y organizar una estructura y desarrollar en los jugadores, aparte de una gran motivación y mentalidad ganadora, el sentido de pertenencia a un grupo, pues si bien entre ellos hay unos con especial talento, ninguno se sobreactúa ni muestra afán de lucirse por encima de los demás. Cada uno aporta sus potencialidades personales al conjunto, todos y cada uno juegan en función del equipo que sienten como empresa común.
Ese es el gran logro de Pékerman y esa la tercera y más grande lección: la de un liderazgo de relación, de influencia, no necesariamente carismático, tampoco impositivo y autoritario, sino transformador. Uno en el que por experiencia y trayectoria el líder tiene más influencia, pero también los jugadores, como un valor agregado en función de intereses y objetivos comunes. Gracias a ese tipo de liderazgo, sin estridencias pero exigente, que inspira credibilidad y confianza, pasión por hacer las cosas bien, sencillez y respeto por el contrario, el argentino logró armar una selección a la que cada uno de los jugadores aporta su cuota y de la cual se sienten parte. Basta oírlos cuando cualquiera de ellos da declaraciones, sin arrogancia, siempre destacando el trabajo en grupo, siempre con una sonrisa. Nada de personalismos, ni triunfalismos, ni patrioterismo barato.
Pékerman, un técnico riguroso, logró crear una cultura de la solidaridad y del trabajo en equipo, que le ha permitido a la Selección contarnos una historia de logros comunes, pero también de jugadores especiales en momentos especiales. Las lecciones que nos dejan Pékerman y sus muchachos, bien haríamos en aprenderlas para intentar hacer de este país una empresa de todos.