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Primero la gente que las picardías de los gobiernos

04 de diciembre de 2010 - 09:50 p. m.

EL ESCÁNDALO INTERNACIONAL DEL momento, la publicación de información reservada del Departamento de Estado de los Estados Unidos que han hecho los cinco más prestigiosos periódicos del mundo (The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País), en alianza con Wikileaks, abre interrogantes sobre si cambiará la política exterior de Washington.

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Poco probable. Al fin y al cabo no son grandes revelaciones las que han salido a la luz pública. Nada nuevo bajo el sol, nada que no fuera un secreto a voces o sobre lo cual no flotaran interrogantes y sospechas justificadas.

Pero además, como señalan algunos analistas, está lejos la época en que desde sus misiones diplomáticas los embajadores gringos ayudaban al Gobierno a diseñar la política exterior, como fue el caso de la doctrina de contención a la Unión Soviética durante la guerra fría, cuyas bases sentó George Kennan, alto consejero del embajador en Moscú, Averell Harriman, a mediados de los años cuarenta. Lo hizo en 1946 en el que es conocido como “telegrama largo”: 16 páginas sobre la necesidad de desarrollar una política para poner freno a las ambiciones expansionistas del régimen stalinista en áreas estratégicas para los Estados Unidos. Hoy los embajadores son más ejecutores que gestores de la política internacional, y mensajeros e intérpretes de información obtenida tanto de los medios como publicada de funcionarios o particulares que les ayudan a entender la realidad de los países en donde están asignados.

Así, los cambios podrían darse en las formas y no el fondo. Las filtraciones dejaron al desnudo, una vez más, la doble moral de Washington, que dice una cosa y aplica otra, que exige a otros lo que no se exige a sí mismo, y la hipocresía del mundo de la diplomacia, donde reinan las buenas maneras y las apariencias, y la transparencia brilla por su ausencia. Es evidente que en el mundo globalizado de internet los límites entre lo público y lo privado, secreto o reservado, son cada vez más difusos.

Dos grandes conclusiones deja el escándalo. La primera, que fue un golpe de gracia contra la confidencialidad y que perdió la seguridad, pero no la seguridad nacional de los Estados Unidos, sino la del Gobierno. Si Wikileaks pudo acceder a información confidencial, ¿no podrían hacerlo, o lo hacen ya, las agencias de inteligencia de gobiernos extranjeros interesados en ella?

La segunda, que ganó la libertad de prensa. Primó el derecho de los ciudadanos a estar informados sobre asuntos públicos que les conciernen y sobre los intereses de Washington y lo que le sirve de base para tomar decisiones que afectan sus vidas. La función esencial del periodismo no es la protección de los gobiernos y sus picardías. Y quedó confirmada la necesidad del periodista: cada diario designó un equipo de profesionales para hacer el análisis, decantación, evaluación y edición de la información bajo estrictos criterios periodísticos y éticos (relevancia, actualidad y protección de la identidad de personas cuyas vidas pudieran poner en peligro, entre otros).

Resulta paradójico que en la era dorada de internet, en medio de vaticinios sobre la muerte inminente de la prensa tradicional, haya sido ésta la que hizo el ejercicio periodístico. WikiLeaks aportó la materia prima, como cualquier fuente, aunque en este caso alcanzó dimensiones siderales. Bien dijo el director de El País, Javier Moreno, en una entrevista: “Wikileaks nos ha permitido hacer gran periodismo, periodismo del que cambia la historia y del que los ciudadanos están cada vez más necesitados en un mundo donde los Estados y los políticos tratan cada vez más de hurtar la información a sus sociedades”.

 

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