Los colombianos aún no somos conscientes de que con la reforma del «articulito» de la Constitución que estableció la reelección (patrocinada por el gobierno Uribe para beneficio del patrocinador), ahora elegimos presidente por ocho años.
Por esta razón, Santos tiene un segundo período de gobierno en el horizonte, no importa que diga que preferiría no buscar la reelección, pues no resulta creíble que siendo tan afecto al poder y sintiéndose tan cómodo ejerciéndolo, renuncie a la posibilidad de prolongar por cuatro años su estadía en la Casa de Nariño.
Así las cosas, y aunque en todo gobierno hay un momento del partido en que se vuelve imperativo hacer relevos y poner a jugar a los de la banca para refrescar y reencauchar la selección oficial, el presidente ha hecho lo primero muy pronto —antes de llegar a la mitad del primer tiempo— y sin mayor necesidad. Si bien el Gobierno muestra grietas y flaquezas, sobre todo en materia de ejecución, la situación no es crítica y justifica el relevo de algunas figuras de peso por otras de menor calibre que, independientemente de sus buenas credenciales, no necesariamente significan una repotenciación el equipo de gobierno.
El primer cambio, el de Rodrigo Rivera en el Ministerio de Defensa —prematurísimo, pero necesario por una confluencia de factores que hicieron imperativa su salida— daría la medida de los más recientes. En lugar de nombrar a una figura de ligas mayores, se jugó por Juan Carlos Pinzón, una figura júnior sin peso y el trapío necesarios para manejar el generalato y hacerse cargo de una de las carteras más críticas del gabinete.
En cuanto a los relevos más recientes, en el Ministerio del Interior mucho mejor Germán Vargas Lleras que Federico Renjifo, que luce improvisado y que carece del colmillo de su antecesor para lidiar con los congresistas; en la Secretaría General, mejor Renjifo que Juan Mesa, pues el cargo requiere experiencia administrativa, que Renjifo acredita y que Mesa no tiene; en la Consejería de Comunicaciones, mejor Mesa que Juan Felipe Muñoz, porque Mesa conoce las entrañas de los medios y se mueve en ellos como pez en el agua, mientras que Muñoz lleva años por fuera del país, alejado del diario tejemaneje mediático.
Sobre el cambio en Transporte, es tal vez el único que muchos consideraron un acierto, pero creo que el juicio sobre Germán Cardona es injusto, pues debió poner orden en el caos y antes que abrir licitaciones para dar impresión de eficiencia, se dedicó a estructurar los proyectos de desarrollo vial y las licitaciones que permitirán poner a rodar la locomotora de la infraestructura que el gobierno Uribe mantuvo frenada. Mejor dicho, dejó el terreno abonado para que su sucesor, Miguel Peñalosa, coseche los frutos.
Más que relevos en el equipo, Santos necesitaría cambiar la forma de comunicarse con la gente y con las regiones, pues el contraste con su antecesor políticamente le hace daño. Si bien desde el punto de vista administrativo e institucional el actual gobierno es mejor y más serio que el de “los tres huevitos”, Uribe con estilo microgerencial de gobernar se mantenía en contacto permanente con el pueblo, con los alcaldes y gobernadores, y con los congresistas a quienes marcaba cuerpo a cuerpo, con lo cual daba la sensación de que estaba en el control de todo, de que nada se le escapaba y de que su gobierno era lo máximo.
Si la comunicación fue —y es— una de las grandes fortalezas de Uribe, para Santos es su talón de Aquiles. Nada ilustra mejor esta debilidad que el manejo mediático del atentado contra el exministro Londoño. El Gobierno tardó horas en reaccionar, horas que aprovechó el expresidente Uribe con sus beligerantes tuits para arremeter en su contra. No hay que olvidar esa verdad de perogrullo, según la cual todo espacio vacío es susceptible de ser llenado… por los detractores.