Una mala decisión tomada bajo los efectos del alcohol fue origen de la tragedia que compromete a Fabio Andrés Salamanca, de 23 años, quien al volante del carro familiar causó la muerte de dos jóvenes ingenieras de sistemas, Diana Bastidas y Ana Torres, y dejó parapléjico a Holman Cangrejo, el conductor del taxi en que viajaban.
Su abogado insiste en que no hubo dolo, intención de hacer daño, y pide para Salamanca una nueva oportunidad. Sin embargo, él conocía los riesgos, pues pidió un conductor para que lo llevara de regreso a casa, pero decidió no esperarlo y ahí están las consecuencias: dos víctimas mortales que no tendrán una segunda oportunidad, un hombre que no podrá volver a su oficio, y su vida misma destruida, pues el juicio que enfrenta lo llevará a la cárcel.
Está de sobra demostrado por la ciencia y advertido mediante campañas masivas de prevención que el coctel de alcohol y gasolina es potencialmente letal: deteriora la función psicomotriz y la capacidad para conducir con seguridad, altera los reflejos, aumenta la agresividad, las conductas de riesgo, la posibilidad de violar las normas de tránsito… Quien maneja bajo los efectos del alcohol es un homicida en potencia. Salamanca lo es de hecho.
Su caso ilustra un doble problema de salud pública: el alto consumo de alcohol entre los jóvenes y los elevados niveles de accidentalidad asociados con él. Con respecto al primer punto, investigaciones recientes indican que Colombia es uno de los países de Suramérica donde más se toma trago —sólo superado por Venezuela y Brasil—, y que uno de los problemas más graves es el consumo entre los jóvenes: 80% entre 18 y 24 años, y 40% entre 11 y 18 años. La Corporación Nuevos Rumbos, por su parte, hizo un estudio en 2012 con jóvenes de entre 12 y 17 años de Bogotá, Barranquilla, Cali, Medellín, Bucaramanga, Tunja, Florencia, Puerto Boyacá y Sabanalarga, según el cual uno de cada cuatro adolescentes está en alto riesgo o tiene problemas con el alcohol.
En cuanto al segundo punto, pruebas científicas acumuladas en los últimos 50 años demuestran una relación directa entre el aumento de los niveles de alcohol en la sangre y el riesgo de accidentes de tránsito (30% de las muertes en estos accidentes están asociadas con el alcohol), y una mayor accidentalidad en personas de entre 16 y 20 años con menores niveles de alcohol que en otros grupos de edad, debido a que los jóvenes son más vulnerables a sus efectos: para un hombre de 20 años el riesgo aumenta entre 6 y 17 veces.
El caso de Salamanca reabrió el debate sobre si conducir con tragos debe o no considerarse delito autónomo y la conveniencia de establecer sanciones diferenciadas según el grado de alcohol en la sangre y si hay o no daños a personas y/o a bienes. Un debate urgente y necesario, pero insuficiente si se aborda sólo desde lo legal, pues se corre el riesgo de perder de vista o minimizar el componente sociocultural que encierra: la elevada aceptación del consumo de alcohol.
La nuestra es, sin duda, una cultura alcohólica, y entre sus indicadores uno es la iniciación temprana —incluso auspiciada por los padres— y otro el hecho de que cualquier motivo justifica empinar el codo: desde un nacimiento hasta un entierro; desde la timidez hasta el estrés; desde una tusa hasta perder la chanfa. Tomar es el deporte nacional. Por eso la solución, o al menos la reducción de la accientalidad asociada al alcohol, requiere un enfoque integral, lo cual implica abrir también el debate sobre el papel de la familia y la educación, que a juzgar por la dimensión del problema no pasan el examen, incluido el de alcoholemia.