APACIGUADO EL ALBOROTO DE LA “cosificación” de Obama (guantes verdes de Michelle, desmayos), pasados ya el asombroso espectáculo de la Pennsylvania Avenue y la obsesiva repetición (el primer negro), ¿qué distingue a Barack de los demás?
Sus dos libros. Uno, (2004, Reflexión política y ética) y el otro (1995, Reflexión sobre identidad), nos dan pistas seguras, porque lo escrito, escrito está.
Impresiona en Barack Obama, además de su trayectoria vital, la prioridad que otorga a los valores y que, después de su discurso de posesión, hizo bajar las bolsas: como no entienden sino el lenguaje del dólar…
El primer valor, esencia de la identidad gringa, la libertad del yo, pero que él siempre relaciona con lo colectivo. Eso es lo que se nos olvida, sobre todo cuando se compara su mesianismo con el de los presidentes Chávez o Uribe. Para Uribe, el valor supremo es la propia berraquera y la fuerza como persuasión; para Chávez, la permanencia del yo y de sus roscas. En Obama, es constante la referencia al mito fundacional, que determina esos valores.
Y la libertad va más allá de esa pachanga que experimentó, como parte de un Tercer Mundo que sí conoce. Tal vez la libertad del baile o de la música, pero no la de la borrachera individual o la del desgreño colectivo.
La confianza, que se refleja en esa manera tranquila de buscar consensos, que implica mirar al otro, aunque sea enemigo.
La autoestima, que supera la victimización y los complejos, como ser negro. Basada en el “self interest”, pero siempre con referencia a la identidad comunitaria, muy distinta de escueleros Consejos. Y no es angustia, como lo cree Carlos Caballero en su artículo, sino incesante búsqueda.
La Fe, fuerza motivadora de quienes creen en Cristo, en Mahoma, en el Dios de Israel, en el Panteísmo o en el ser humano.
La familia, aún incompleta como fue la muy peculiar de su infancia, y el peso que recae sobre la mujer.
Un nuevo “social compact”, que obliga a replantear el decadente Estado de Bienestar y concibe el derecho al trabajo como un valor de dignidad humana.
Y la esperanza como un valor inexpugnable, como la necesidad de audacia, que obliga a no instalarse en el miedo a los retos.