Santos dijo en londres que «si podía lograr en cuatro años la mayoría de sus objetivos, preferiría no buscar la reelección». La cosa es al revés: si en su primer mandato Santos no logra cumplir la mayoría de sus objetivos, seríamos nosotros los colombianos los que preferiríamos no reelegirlo.
Y le falta mucho, más si su apuesta de gobierno es, como él dice, histórica. Para reconstruir la averiada institucionalidad, ha creado ministerios, agencias y unidades administrativas e impulsa leyes fundacionales, pero lo difícil será llevarlas al terreno de la realidad.
No se puede confundir el mandatario y creer que porque la gente ha recibido con esperanza esta metamorfosis hacia la modernidad que él lidera en forma consensuada —un contraste que alivia frente a su pendenciero predecesor— eso quiere decir que ya está del otro lado. Al contrario, significa que escogió un camino largo para resolver problemas urgentes, y que si la gente no siente pronto que su vida mejora, no habrá asesor de imagen que impida el desplome de su popularidad.
Para que Santos pueda pensar que es reelegible debe pasar del dicho al hecho. Después de 15 meses de gobierno ya es hora, por ejemplo, de que su multibillonario Departamento de la Prosperidad Social empiece a erradicar la pobreza; y que su amabilidad con los estudiantes se traduzca en un presupuesto, ese sí histórico, que supere las migajas que invierte el Estado colombiano en su futuro.
Ya es tiempo de que la opinión pública sepa que la piñata de títulos mineros y de destrucción ambiental ha cesado y que el Estado es lo suficientemente autónomo para cerrar las minas de quienes no cumplen con las normas, sin importar si son hombres rudos de sospechosa retroexcavadora o potentes multinacionales. A estas alturas del gobierno, tampoco bastan los anuncios de inversiones multibillonarias en infraestructura. Pronto querremos ver autopistas bien cimentadas y buenas vías alternas ante posibles catástrofes climáticas, que justifiquen en algo sus costosos peajes.
Y estamos esperando desde ya que la agencia de inteligencia que dice el gobierno Santos que está saneando sea capaz de poner tras las rejas a los autores intelectuales de los asesinatos a líderes de tierras, la única manera real de evitar que los sigan matando y asegurar que marche la restitución. Y para demostrar que la reforma a la justicia no se queda en un juego de sillas musicales entre ilustres magistrados, tiene que empezar ya por hacer cumplir la ley aunque sea en las cárceles.
Ni los bombardeos en Cauca, ni la muerte de sus líderes son suficientes para conducir a las guerrillas a firmar la paz. Se requiere que veamos que, en efecto, Santos saca la llave que dijo que tiene en su bolsillo y se ingenia una manera de convencerlas de que desistan pronto de esta guerra costosa y obsoleta.
Por último está su conexión con el pueblo. Empieza a preocupar que el rico capital político del que hoy goza nuestro elegante mandatario se le vaya en recorrer palacios europeos. Si Santos acompaña a la gente en sus dolencias cotidianas y avanza con hechos concretos en todo lo demás, entonces podrá aspirar a reelegirse y, de lograrlo, celebraremos que en su octavo año pasee sus logros por Europa. Pero aún es muy temprano para decir que en Colombia ya cesó la horrible noche; todavía estamos en guerra y las lluvias se llevan el país, y necesitamos que deje de jugar al bridge con la reina y vuelva aquí a arreglar los puentes, que se están cayendo.