Casi todos los políticos son un poco falaces. Pero frente a Venezuela se les va la mano. Sin ir tan lejos, la semana pasada Duque y Maduro culparon a las huestes del otro de estar detrás del incendio de los camiones que llevaban la ayuda en la frontera, haciéndose de cualquier imagen circulando en las redes sociales para justificar sus causas. Y el gringo también estaba ahí: el senador estadounidense Marco Rubio, trinando a 2.000 kilómetros, le puso sabor de conspiración del régimen a la trágica rumba de un asambleísta opositor, Freddy Superlano, en Cúcuta, que le costó la vida a su primo, luego de que les echaran escopolamina para robarlos.
Casi ninguno cuenta, por ejemplo, que si siguiéramos los caminos que ya tiene el mundo para repartir ayuda humanitaria, podríamos multiplicar la que ya está entrando. Dice el registro financiero de esta ayuda de las Naciones Unidas (cuyos datos suelen estar por lo bajo de la realidad) que en 2018, para auxiliar a los venezolanos dentro del país y en las fronteras, entraron US$24 millones y este año ya hay destinados otros US$15 millones, casi la mitad de los cuales donará la Comisión Europea. Es ayuda humanitaria certificada, distribuida por entes reputados: Unicef, el Consejo Noruego para los Refugiados, Caritas, entre otras. La BBC reportó también que la Organización Panamericana de la Salud entregó 50 toneladas de medicinas el año pasado que enviaron muchos gobiernos.
El falso aspaviento de generosidad les funcionó con sorprendente eficacia a los dos bandos para afianzar sus extremos, porque detrás han orquestado maquinarias de desinformación de la opinión pública. Apenas una parte de estas fabricaciones invisibles son las cuentas falsas y cizañeras (troll-bots) que disparan “opiniones” a ritmo de metralla; o cíborgs, bots operados a veces por una persona para darle tono humano y despistar así la vigilancia de las grandes plataformas. Mediante potentes algoritmos, inflan artificialmente las voces más radicales, meten miedo, encienden el odio y nos empujan así, como borregos, a apoyar “salvadores” que tienen el discurso perfecto para rescatarnos del caos.
Unos colegas, por ejemplo, encontraron a la @Abuelita4F, quien, de ser persona, sería insómnica e hiperactiva, pues produce 860 trinos por día (uno cada dos minutos) hablando bellezas de Maduro. Y en el extremo opuesto, @realRichardLazo, trinador intenso, hace pensar que la #IntervencionMilitarYa tiene miles de adeptos. Puesto bajo la lupa del Botsentinel (identificador de cuentas con actividades sospechosas), sin embargo, actúa muy parecido a una cuenta troll-bot. No es casualidad que el realRichard sea, además, trumpista furibundo.
Las estrategias para radicalizar a la opinión son globales, y en Venezuela, ya sabemos, juegan ajedrez los pesos pesados. Se vio, por ejemplo, el día en que la ayuda de USAID quiso pasar el puente el #Venezuela, muy usado por Rubio y los anti-Maduro, era la cuarta tendencia en el mundo empujada por troll-bots. Y, del otro lado, colegas que estudian las conversaciones virtuales alrededor de los chalecos amarillos en Francia se encontraron por casualidad con una cuenta, Politique4.0 –tan dudosa como la de la abuelita chavista, pues trina 666 veces al día–, que incita varios conflictos a la vez: escupe insultos contra Macron, replica contenidos pro-Putin, y empuja tuiteros fanáticos pro Maduro.
No es fácil para los cibernautas de carne y hueso movernos por ese campo minado. Si lo conocemos mejor, sin embargo, podremos por lo menos no dejarnos confundir para que reinen otros, ni ser presa fácil del tirano o del payaso de turno. La misma tecnología nos da herramientas para compartir y difundir verdades sensatas y encontrar, con auténtica urgencia, soluciones pacíficas a la catástrofe venezolana.