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Se agota el tiempo de paz

12 de septiembre de 2013 - 05:18 p. m.

“Es de nuevo el Caguán, pero con pasaporte”, dijo airado el senador Juan Lozano ante la perspectiva de que los presidentes de los partidos políticos viajen a La Habana.

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Los mensajes antiproceso de paz calan con eficacia porque son simplistas (Habana igual a Caguán) y le trabajan a la gente los temores: que las guerrillas se están fortaleciendo y prueba de ello es que ya empezó la romería de personalidades a La Habana que, al igual que en el Caguán, les conferirá a las Farc una autoridad moral y una representatividad que no tienen. Como escribió hace unos días el bloguero Pablo Mejía, con lucidez: “La violencia se alimenta a manotadas del estereotipo, de la generalización y del prejuicio”.

También resultan populares estos ataques porque apelan a la testosterona (dialogar es de débiles, de machos es acribillar), una hormona a la que la psiquis colectiva colombiana parece adicta, después de medio siglo en que el conflicto armado y el narcotráfico, y sus diversos entramados, normalizaron el asesinato como método para acumular poder.

Pero también las Farc les están haciendo el juego a estas críticas, al demorar tanto la discusión del segundo punto. La negociación de paz empieza a perder su novedad, su frescura. La esperanza que despertó hace un año esa sencilla y concreta agenda de negociación, limitada a los puntos esenciales mínimos para las partes, se empieza a desvanecer. A las Farc se las ve casi cómodas, despachando desde La Habana, como si súbitamente se les hubiera olvidado que de lo que se trata es de ponerle fin al conflicto.

Quizá las Farc estén interpretando el levantamiento popular agrario como una señal de que ya no hay que apurarse a dejar las armas, porque la revolución está más cerca de lo que creyeron. Se equivocan. No porque hayan infiltrado algunas protestas, quiere decir que son las Farc las que han empujado a los campesinos colombianos a levantarse; es que se hartaron de ser ciudadanos de segunda. Es más, la insurrección popular ha sido posible precisamente porque las Farc tienen menos poder, pero sobre todo porque el proceso reciente de sacar verdades de los horrores de esta guerra cruel y sucia a la luz pública, y castigar a muchos de sus cómplices, ha fortalecido el poder civil.

Esa actitud de tomarse todo el tiempo del mundo no se condice con la realidad militar. Las investigaciones de la Fundación Ideas para la Paz muestran que las Fuerzas Armadas siguen teniendo la iniciativa militar frente a la guerrilla y que el número de ataques de las Farc de mayor esfuerzo militar, como tomas de poblaciones y atentados a instalaciones de la fuerza pública, marcó un bajón histórico en 2012.

El uribismo quiere aprovechar electoralmente esta sensación de que el diálogo de paz enlentece su ritmo y se empantana. Y si consigue conformar una mayoría parlamentaria que eche para atrás políticas progresistas ya en curso, será mucho más difícil hacer realidad el punto sustantivo de la negociación de La Habana, el de la construcción de equidad en el campo.

Los tiempos políticos de la paz negociada se agotan. La popularidad del Gobierno está en picada y su margen de maniobra en la mesa de diálogo se estrecha. Por la campaña de miedo de sus opositores, y por sus propias limitaciones comunicativas, no consigue tornar esa mayoría de dos tercios de colombianos que dicen favorecer la paz negociada en las encuestas, en un respaldo activo y poderoso a la mesa de negociación. Y mientras tanto, los lobos de la guerra se relamen, viendo que el cordero de la paz es pan comido.

 

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