Estamos condicionados al miedo después de generaciones predeterminadas a responder ante él por instinto de supervivencia. Los publicistas de golpe bajo lo saben y por eso escupen alacranes en cada mensaje en favor de sus candidatos. Saben que el pánico funciona bien con usted, colombiano: lo encamina, como ganado, al bebedero de sus odios. “No les entreguemos el país a las Farc”, dicen la dupla Zuluaga-Uribe. “Que no nos destruyan la paz”, dice el presidente candidato Santos. Cultivan el espanto para que usted, ciudadano, no piense, reaccione.
Estos candidatos no lo invitan al debate que deshace los fantasmas y contribuye a encontrarles soluciones a sus problemas, sino que sus batallas son frases inconexas de 140 caracteres en la red y rumores echados a rodar por sus respectivos áulicos. “Ojo, que Santos nos entrega al castro-chavismo”, susurran los zuribistas, a sabiendas de que es una ridiculez decirlo. (Da risa sólo imaginar a Santos y a Vargas Lleras, conservadores económicos de la realeza cundiboyacense, mutar en el dictatorial revolucionario marxista y en el radical populista folclórico de la boina colorada).
Al presidente candidato también le gusta alarmar. Ha inflado el turbio asunto del hacker Sepúlveda y su famiempresa como si fuese Watergate, y las mentiras de Zuluaga como si éste fuese Nixon (aunque se parezcan) y un imperio dependiera de él. (También es cómico que intente asustar con el Gran Hermano, cuando el propio Santos vino del gobierno del padrino de Zuluaga, que espió hasta a la Corte Suprema de Justicia).
El pánico lo llevará, señor ciudadano, a la búsqueda de salvadores. No los hay. No lo fue Uribe y ni lo será Zuribe. No lo fue Santos, ni conseguirá serlo. Uribe, con Santos de primer general, ensayó una receta que funcionó para proteger mucho mejor a los colombianos por unos años, pero al final de su segundo mandato se le vio la hilacha y desde 2009 la inseguridad se creció en las regiones críticas. Era un remedio que atacaba los síntomas y la fiebre bajó, pero no resolvió los males de fondo: la falta de carreteras, la desigualdad enorme, la falta de tierra, de crédito, de fe en el campesino, a quien quisieron condenar a la suerte de peón, y cuya tragedia sólo quisieron ver en clave de daño colateral de la necesaria guerra contrainsurgente.
Cuando Santos se emancipó de Uribe (¿quién será Zuluaga si sube a la Presidencia y se emancipa de Uribe?), enderezó el timón y empujó la paz y la restitución de tierras, pero la eficacia de su gestión le ha patinado en el exceso de mermelada. Firmar la paz será, en efecto, un paso trascendental para transformar la política colombiana, pero será apenas el comienzo. Después habrá que cumplir los pactos sin patinajes.
Así que cuídese de los salvadores. Por eso, yo de usted no votaba por el Nixon, ni por el Putin, criollos agoreros de desastres. Ni lo haría por la santa realeza nativa que no cree en su talento, menos si usted es pobre en la ciudad o en el campo. Yo pienso que el mejor es Peñalosa; sabe liderar y lo ha probado como alcalde de Bogotá. No mete miedo sino que pinta sueños. Sabe defender el interés público, lo hemos visto hacerlo, y su bandera es el desarrollo y la protección del talento colombiano.
Pero esa es sólo mi opinión. Mi consejo es que usted vote con libertad, sin miedo, sólo porque le gusta su escogencia, no para evitar que otro suba. Vote sabiendo que nadie lo salvará, porque confía en que hay alguno que le ayudará a construirse un mejor país.