Gilma Jiménez no tuvo demasiado poder, pero el que tuvo lo ejerció bien. Infinitamente mejor que decenas de políticos colombianos a quienes el poder les ha servido sobre todo para sus causas personales.
La conocí desde hace más de 20 años, una briosa líder que hablaba con el dejo golpeado y el humor inteligente de los bogotanos sencillos. Pero al contrario de lo les suele suceder a nuestros líderes con el ascenso político y social, ella no sacrificó el ímpetu de sus convicciones por las conveniencias económicas, ni mintió para caer mejor, ni pidió puestos, ni tranzó con corruptos.
Un tiempo después la volví a ver como directora de Bienestar Social de Bogotá, bajo la alcaldía de Enrique Peñalosa. Dejó pruebas suficientes de que ese gobierno fue mucho más que cemento. Se propusieron desmontar esa vergüenza llamada calle de El Cartucho que alcaldes y presidentes habían visto expandirse como hongos a pocas cuadras de sus elegantes palacios de gobierno, sin hacer nada. Era el monumento a la indolencia de nuestros mandatarios frente al sufrimiento de los más colombianos marginados y vulnerables. Valiente, sensible, Jiménez se metió en el corazón de El Cartucho, casa por casa, a hablar con la gente, a rescatar mujeres en grado calamitoso de miseria y a sus hijos criados entre la droga y el crimen. El esfuerzo no era para cosechar réditos políticos, porque aquellos desventurados no manejaban contratos, ni clientelas, ni medios. Respondía al principio de responsabilidad pública.
Ella consiguió salvar decenas de vidas que, en esos tiempos del machismo paramilitar, en el resto de Colombia consideraban desechables. Abrió oportunidades para los habitantes de la calle que nadie les había dado. Recuerdo que uno mayor, egresado de la escuela de rehabilitación creada bajo la tutela de Jiménez y contratado luego como mensajero por la Universidad Nacional, no cabía de orgullo en su nuevo uniforme.
También recuperaron su condición humana las madres que sacaron de ese infierno y llevaron a vivir a barrios dignos. Cuando fueron a matricular a sus hijos en la escuela, los vecinos prejuiciosos quisieron impedirlo a la fuerza. Pero el alcalde y Jiménez aguantaron pedradas e insultos para hacer valer los derechos de esos niños. No era popular tratar a los hijos de los desdichados igual que a los hijos de la clase media, pero ellos sabían que era justo y lo hicieron.
También visité por entonces un centro a donde llevaban a los pequeños abandonados o maltratados por sus familias. Solía ser un antro oscuro donde unas carceleras les terminaban de espantar la alegría a los infelices niños que allí llegaban. Jiménez lo transformó en un lugar limpio y digno, atendido por profesionales. Tampoco había ganancia política allí, porque los bebés no votan, pero la ética ciudadana así lo ordenaba.
La lista sigue: Jiménez fue pionera en el país en el montaje de jardines infantiles públicos, impulsó la causa de los niños en cuanta ley pasó por el Congreso y blandió su espada de cadena perpetua para los violadores de menores, una estrategia efectiva para llamar la atención sobre esa tragedia invisible. No la movía la ternura bobalicona, sino el principio ético de que garantizar el respeto a todos los niños por igual es construir una sociedad más equitativa y pacífica.
Muchos políticos actuales cuando mueran sólo le dejarán a sus hijos un apellido manchado y al pueblo, desfalco y desigualdad. El legado de Gilma Jiménez, en cambio, fue haber puesto su poder y su impresionante energía al servicio de la equidad y la justicia. Y gracias a ello, sin saberlo, o sin haber nacido siquiera, muchos colombianos tendrán un mejor futuro.