UNO NO ENTIENDE A CIERTOS COLOMbianos. Antes se quejaban de la figura del vicepresidente. Que era un adorno. Que no servía para nada y que valiente desaproveche de destacadas figuras que se castraban en ese puesto.
Todos los vices de antes fueron cuestionados —no por hacer sino por no hacer— y objeto de perversos y descalificativos comentarios y no faltaron quienes pidieron que se eliminara esa figura, para ellos decorativa. Sin embargo, ahora que tenemos un vicepresidente ejecutivo y ejecutor que le pone el pecho a la brisa y que con argumentos de peso ha capoteado temporales y ha hablado en nombre de su jefe y patrón, también es malo. Es decir, palo porque no bogas y palo porque bogas. Quienes andan pidiendo su cabeza están extraviados. Quienes creen que anda como rueda suelta, están equivocados. Quienes piensan que el presidente lo va a destituir o a encargar de otros menesteres, están manfifios. Angelino Garzón es ya un personaje en la política y por qué no en la historia de nuestro país. Su humilde cuna, sus logros personales, su inteligencia, sagacidad y conocimientos del país, le han significado el aprecio de millones de colombianos. Y también el odio y animadversión porque no les marcha a ministros y dirigentes, ni traga entero, ni se acomoda. Y Santos, en su habilidad, no es a veces persona que dice las cosas sino que las manda a decir, sin significar que Garzón sea un mandadero o algo por el estilo. Los colombianos debemos pues acostumbrarnos a un vicepresidente activo y altivo. Interlocutor válido, con respaldo político y personal del presidente y quien podría ser para Santos una de las cartas de la baraja como su posible sucesor.