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Déjenla investigar

02 de octubre de 2014 - 08:22 p. m.

La condena a la científica colombiana —con nacionalidad estadounidense— Ana María González es una ignominia frente a la cual nada hay para hacer.

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Un jurado texano le impetró diez años de cárcel, frente al que sólo cabe un recurso de apelación sin mayores esperanzas, y le retiró la licencia para poder ejercer su profesión.

Sin entrar a debatir la probidad con que actuó el alto tribunal de Houston, hay algo sobre lo cual deben insistir las entidades e instituciones científicas mundiales: que esta médica pueda proseguir con sus investigaciones, habida cuenta sus valiosos aportes al tratamiento de cáncer de mama, tema en el cual es una autoridad de carácter universal.

Y es que más injusto sería —además de ese discutible fallo— que la confinaran en una prisión obligándola a tejer crochet o cualquier otra labor nada que ver con su especialidad, privando al mundo entero de su sapiencia y experticia, máxime cuando gracias a su exitoso y reconocido trabajo profesional ha salvado un sinnúmero de vidas en varios países y ha sido exaltada por las más encumbradas autoridades internacionales como una de las mayores expertas en el tratamiento y curación del flagelo cancerígeno que afecta a millones de mujeres de todo el orbe.

Sustraer a la doctora González de esa posibilidad sería también privar a la humanidad de esta oncóloga, que ha demostrado con su trabajo que hay esperanzas de curación, tal y como lo confirman cientos de testimonios de pacientes que reconocen que gracias a ella pudieron seguir viviendo.

Creo que la doctora González, estando cerca de Houston, podrá, a la vez que paga su condena, continuar con su perquisición, pues de no ser así se suspendería y se aplazaría durante años una labor seria, responsable y fructífera en favor de la humanidad.

No se le puede dar tratamiento de “mula” y menos de criminal a quien ha demostrado que, lejos de intentar acabar con una vida, ha curado a miles de mujeres que hoy reclaman su libertad, para que Ana María pueda seguir con su apostolado de salvar vidas, que es lo más valioso que existe en este mundo.

 

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