Como reza el adagio popular, “tras de cuernos, palos”. El departamento del Cauca, que ya no soporta un guerrillero más —inmovilizado o desmovilizado, de las Farc o las ex Farc o del Eln—, una multiplicación más de los cultivos de coca, una invasión más de los terratenientes indígenas hoy propietarios de 700.000 hectáreas, y ni para qué sigo, afronta otro problema:
Se trata de los extensos cultivos hidropónicos de marihuana, presentes en 36 de sus 41 municipios, sin contar los alrededores de Popayán. Por eso se ven por las noches, como si fueran luciérnagas gigantes, millares de lucecitas en sus montañas que alumbran los cultivos para acelerar el crecimiento y sacar hasta cuatro cosechas por año de la más alta calidad.
Así las cosas, una hectárea de cannabis puede producir 8.000 kilos por año, que se venden en Bogotá hasta por un millón de pesos y en los Estados Unidos por US$6.000. ¿Qué otro cultivo de montaña resulta más rentable? Seguro que la coca y la amapola, pero esas son grandes ligas.
La detección de estas siembras no se ha hecho a ojo, sino por satélites que han pillado las llamadas “alertas lumínicas” en las cabeceras municipales de Toribío, Corinto, Caloto, Quilichao y zonas rurales de Popayán, con variedades “exquisitas” con alta concentración de tetrahidrocanabinol, que potencializa los efectos alucinógenos con las especies moño rojo, “creepy” y la temible “criptonita jamaiquina”.
Es de anotar que la mayoría de estos cultivos ilícitos están ubicados dentro o muy cerca de los resguardos indígenas, territorios autónomos en los que la autoridad del Estado vale muy poco, y que sus propietarios son narcotraficantes pertenecientes a disidencias de las Farc y el Eln.
Las siembras de marihuana, me decía un amigo caucano, crecen y crecen como crecen las sombras cuando el sol declina, pese a los esfuerzos que están haciendo el Simci de las Naciones Unidas, la Policía Antinarcóticos y las oraciones a las 11.000 Vírgenes.