Se ha desatado una bienvenida polémica en torno a la vida, obra y muerte de Pablo Escobar. Madera va, madera viene. Hasta los púlpitos truenan condenando la realización de esta producción y no faltan los santurrones y los sepulcros blanqueados que consideran que se está haciendo una defensa subliminal del delito, y que al revivir esa época cruel y sangrienta se está dando un mal ejemplo a las nuevas generaciones. Proponen que a esos nefastos años les echen tierrita y los tapen.
Ahí están pintados aquellos colombianos que creen que con tratar de ocultar estas cosas se olvida lo que sucedió, tal como se pretendió hacer con el asesinato de Gaitán, que de tanto querer esconderlo y/o tergiversarlo se volvió leyenda.
Quien no conoce su historia está condenado a repetirla, se dice por ahí, y a pesar de ser una manoseada frase de cajón, sí que encaja en esta diatriba que ha hecho crecer como espuma el rating de esta realización.
Que es la repetición de la repetidera, dicen otros. Que es un reencauche de otras series, afirman acullá. Y claro, la audiencia se ha polarizado, se ha querido satanizar al seriado y la respuesta es que la sintonía desbordó las mejores expectativas.
Lo otro es una campaña soterrada con cierto tufillo de envidia que pedalean quienes se han visto afectados por las preferencias de los televidentes y han montado todo un peliculón en las redes sociales denostando de una producción nacional que de seguro le dará la vuelta al mundo.
La verdad, yo no creo que se esté transmitiendo una apología del delito, ni una “heroización” de semejante criminal: por el contrario, cada capítulo va llevando a que el supuesto héroe se convierta en el peor de los villanos.
Hacía falta que —así fuese 20 años después— se tratara el caso Escobar, se desmitificara para todas las audiencias, sobre todo para las nuevas generaciones, y se tuviese siempre presente que al patrón del mal que puso en vilo a un Estado cuando le declaró la guerra, le salió el tiro por la culata.