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El robot robado

09 de febrero de 2012 - 06:00 p. m.

Para ripley, o no se para quién, lo que acaba de suceder a la entrada de Miranda, cuando la Policía, presurosa, llevaba con carácter urgente el robot que desactivaría la carretabomba abandonada frente a la estación de Policía de ese municipio nortecaucano. Sucedió que el vehículo en que se llevaron dicho robot fue interceptado por la misma guerrilla para impedir la destrucción de los 65 kilos de explosivos.

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Menos mal que la Policía reaccionó, dio de baja a uno de los “secuestradores” y, pese a que un agente del orden resultó herido, pudieron llegar al pueblo, desarmar el artefacto y realizar una explosión controlada en las afueras de Popayán.

De no ser así, este atentado se habría sumado a los de Tumaco y Villa Rica y estaríamos padeciendo otro duelo más por culpa de la insurgencia.

¡A tales extremos hemos llegado! Se necesita ser muy canalla y asesino para ensañarse en detonar estos explosivos a como dé lugar. Y frente a ello uno no sabe qué decir ni qué decirles a los habitantes de esta población, que saben que el atentado se va a repetir. Eso se rumora en el pueblo, que está organizando una marcha para llamar la atención del Gobierno y de las ONG internacionales que siguen considerando a estos criminales como los voceros del cambio social en Colombia.

Indiscutiblemente el Gobierno está desconcertado y por más explicaciones —que no justificaciones— que da, le queda a los colombianos un amargo tufillo de impotencia aunque los golpes propinados en las últimas horas dan cuenta de un avance importante en esta lucha.

Colombia entera sigue rechazando estas incursiones guerrilleras cebadas en la población civil. Pero ni a las Farc, ni al Eln, ni a los seguidores de cuello blanco y buzo negro les importa, como no les importa que Timochenko esté despachando desde Venezuela y varias columnas narcoguerrilleras continúen en el Ecuador.

La Policía, el Ejército, la Armada y la Aviación están adelantando una lucha titánica para evitar más actos como éste, pero es insuficiente. La misma población civil, atemorizada, debería vencer el miedo y delatar los movimientos extraños que se suceden en sus localidades.

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