NO TODO SON MALAS NOTICIAS. A LA inseguridad, el despunte guerrillero, la corrupción, el invierno, la persecución política y demás cánceres que nos corroen hay también sus contrafómeques: la inversión extranjera, por ejemplo.
Es increíble que este país que se debate entre los escándalos, los señalamientos, los carcelazos —para no citar sino tres— resulte atractivo para quienes traen sus capitales y le apuestan a Colombia.
Y aquí hay una de dos: o estamos ofreciendo el oro y el moro incluso contra nuestros intereses o este es el país de las oportunidades, en el que la solidez de la economía y las reglas claras para los capitales extranjeros son factores que conquistan a tan esquivos pretendientes.
La tarea no ha sido fácil. Lograr equilibrar las finanzas públicas en medio de tantos temporales ha sido una labor de años en la que participó en su momento el actual presidente Santos, hoy recogiendo los frutos de las semillas que sembró.
Se corrobora pues que la confianza inversionista, proclamada por el anterior gobierno no fue una frase más —como tampoco la inversión social y la seguridad democrática—.
A veces uno se atreve a pensar que por un lado va el país virtual, el que construyen y hasta destruyen algunos medios a diario y por otro el país real que muestra resultados como los de las calificadoras de riesgo más importantes del mundo que hoy nos honran con sus decisiones.
Falta por ver ahora si los eternos enemigos de las inversiones extranjeras ponen el grito en el cielo y protestan contra esta oportunidad que nos permitirá crear empleos y generar desarrollo, sobre todo cuando el TLC puede convertirse en un ángel o en un verdugo.
Bienvenida la invasión inversionista que nos significará ir borrando la imagen infame de país en guerra y mostrará la otra cara de una nación pujante y abierta hospitalariamente a socios y asociados de otros países del orbe.