QUIENES INGENUAMENTE CREEN que la guerrilla está liquidada, piensan con el deseo. Por el contrario, está vivita y secuestrando. Vivita y matando. Vivita y —en su desespero— cambiando de estrategia.
Pese a estar minada y desarticulada se ha enfocado ahora hacia la infiltración no sólo en las universidades sino también en cuanto paro y protesta hay en el territorio nacional.
Y lo estamos viviendo y padeciendo. En el Valle y en el Cauca, por ejemplo, el paro de los corteros y las protestas indígenas tienen —según aseguran— sus guerrillos ahí enquistados. Unas veces con la aquiescencia de los promotores y otras —ojalá las más— sin que lo sepan quienes, con todo su derecho, están exigiendo que el Estado escuche sus pretensiones.
Más grave aún resultan las versiones según las cuales hay dineros foráneos ayudando y solidarizándose con las causas de los huelguistas. Incluso la senadora Piedad Córdoba —que no ha vuelto al Parlamento con la asiduidad que la caracterizaba— manifestó su apoyo a los “parados” con todas las influencias que ella tiene y que son harto conocidas.
La guerrilla pues no está quieta y su consigna desestabilizadora ha encontrado, en ese caldo de cultivo que son algunas protestas, el escenario ideal para continuar con su guerra a muerte contra el establecimiento.
¿Que el Estado está dando papaya? Desde luego. Estas garroteras de soldados y policías versus campesinos y corteros son bochornosas e incivilizadas. Pero hasta ese punto hemos llegado con unas consecuencias impredecibles y eso es lo que busca la guerrilla: el pueblo contra el pueblo.
Bueno que se confirmara hasta la saciedad la infiltración guerrillera en los bloqueos, chantaje al Estado de derecho y en los que paga los platos rotos la sociedad civil ajena a los conflictos.
Y más bueno aún que las partes pudieran llegar cuanto antes a un acuerdo sin vencedores ni vencidos: sería la mejor bofetada a los anzuelos lanzados por aquellos pescadores que ni duermen ni dejan dormir…