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La pólvora de antes

18 de diciembre de 2014 - 11:00 p. m.

Hace algunos años fabricar pólvora era todo un arte. Sus artífices tenían un aire de profesores distraídos que guardaban con celo los libros que contenían sus secretas recetas ancestrales.

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Sus laboratorios fungían de templos inaccesibles a mortal alguno y a ellos sólo tenían permiso de ingreso unos poquísimos aprendices que debían someterse a una dura disciplina.

En los pueblos donde preparaban sus volcanes, velas, tronantes, cohetes de cinco golpes y otras explosiones de luces, eran verdaderos personajes junto con el boticario, el cura y el alcalde. Y es que por esas calendas el polvorero era una figura casi mítica a quien querían, y hasta odiaban, porque decían que era un enviado del diablo.

Casi nunca sus polvorerías estallaron y duraban años y años alegrando celebraciones, procesiones de las once mil vírgenes y anunciando, cuando no el natalicio del Niño Jesús, la llegada del año nuevo e incluso el arribo de los Reyes Magos.

Huelga decir que la manipulación de la pólvora corría sólo por cuenta de los mayores que a pesar de sus excesos etílicos le ponían cacumen al asunto y lograban coronar siempre con éxito la subida de los voladores y las explosiones de las papeletas.

Sin embargo, y con el correr de los días, la pólvora comenzó a ser fabricada ya no por estos alquimistas sino por imberbes ignorantes más interesados en ganar dinero que en la calidad de sus productos y —duele decirlo— se convirtieron en los recreacionistas de los traquetos y lavaperros que les pagaban millones por esos castillos que quemaban en medio de disparos e hijueputazos.

De esta manera, se prostituyó la fabricación de la pólvora artesanal y cualquier mozalbete la está haciendo sin las mágicas fórmulas centenarias de aquellos que murieron de viejos en nuestros pueblos y veredas, brindando por el sano esparcimiento en la Navidad. Por eso es que ahora las polvererías estallan todos los días.

 

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