Resulta insólito y paradójico, pero en este conflicto con Venezuela están perdiendo tanto los colombianos como los venecos; y no sólo la gente más pobre de estos países sino además los exportadores, los importadores y en general todos aquellos que tienen relaciones entre sí y que dicen quererse como hermanos, pero como Caín y Abel.
Porque esa cacareada hermandad entre las dos naciones ha sido más de conveniencia o de temor mutuo que producto de un sentimiento sincero. Los unos porque se aprovechan de las condiciones económicas y las ventajas que ofrecen los otros y viceversa. Para qué lo negamos.
Por ello aquí no habrá ni vencedores ni vencidos. Todos —repito— van a salir perdiendo y, perdónenme, porque ese amacice fronterizo tenía que reventar, no de la manera atrabiliaria y contumaz como lo ha hecho el maquiavélico Maduro, sino de una forma llamémosla “más diplomática”.
Y no nos rasguemos las vestiduras, por favor. Los colombianos estábamos mal acostumbrados a un statu quo y a una calma chicha que tarde que temprano se iba a romper, y así lo sabían los dos gobiernos que mientras tanto mantenían unas relaciones pegadas con babas.
Hay un dicho un tanto fuerte que reza que “gobierno que se afemina, se arriesga a que le toquen el culo”, y desafortunadamente eso nos pasó con Venezuela. De manera ingenua creímos en la buena fe del chavismo y nos dejamos engolosinar por nuestros nuevos mejores amigos, y disculpen la expresión, pero nos abrimos de piernas y he ahí las consecuencias.
Lo contradictorio de esto es que tanto Maduro como Santos en sus respectivos países están resultando ser los ganadores. Aquel porque creó una cortina de humo que va a aprovechar incluso para cancelar las elecciones en las que se daba por perdedor, y este porque logró un plebiscito de apoyo y solidaridad que le ha significado subir diez puntos en las encuestas.
Horror, pero esas son las cosas buenas que a veces resultan de las cosas malas.