Una empresa colombiana especializada en la confección de prendas femeninas, y ante la situación planteada por la epidemia del coronavirus, decidió, en lugar de echar a la calle a sus operarias, ponerlas a fabricar tapabocas.
Tan loable iniciativa mereció, como es de esperarse, los aplausos y las felicitaciones de rigor e incluso se puso de ejemplo nacional.
Habida cuenta de sus contactos internacionales, logró captar mercados de inmediato, siendo su primer cliente el Hospital de Amberes RevArte, en la región belga de Flandes, que encargó 100.000 mascarillas, las que fueron despachadas de manera rápida y oportuna.
Hasta allí el cuento de hadas. Pero hubo tres detalles francamente insólitos: el primero, que las mascarillas no provenían, como les habían dicho, de China —el país donde surgió el COVID-19 que infectó y jodió al mundo entero—, sino de Colombia. Por qué y para qué, no sé la razón. El segundo, que las mascarillas estaban defectuosas (por ello creerían que eran chinas). Y el tercero, que fueron empaquetadas en cajas usadas de plátanos y cereales de maíz, que no solo es contrario a las regulaciones, sino que además, y para cerrar con broche de oro, en una de tales cajas se encontró estiércol de animales.
Tal información fue suministrada por el director de dicho hospital, Ludo Splingaer, quien no reveló el nombre de la empresa vendedora. Total, quedamos como un culo, para llamar las cosas por su nombre, convirtiéndonos en vergüenza y hazmerreír de la comunidad médica mundial, lo cual exige una investigación que, habida cuenta del producto, ojalá no callen con el famoso tapen-tapen tan utilizado por los colombianos.
Creo que las entidades de control en este tipo de exportaciones, entre ellas el Ministerio de Comercio o como se le llame ahora, deben dar las explicaciones del caso y sancionar de manera ejemplarizante a los responsables de lo que bien podría tipificarse como un delito y una auténtica deshonra para nuestro país.
Que se revele el nombre de esa empresa y que aclare, entre otras cosas, por qué quiso hacer parecer como chinas unas confecciones colombianas.