La maldición de cascajal. No de otra manera puede llamarse la conjunción de males que azota a Buenaventura, que parece estar condenada a no salir nunca adelante.
A un alcalde destituido y preso; a una violencia que no demora en cobrar la vida de ese apóstol de su obispo, que ha sido el único que se ha atrevido a cantarles la tabla a los violentos y los corruptos; a un desempleo que no cesa de crecer, y a un sinnúmero de problemas y dificultades sociales, políticas, morales y económicas, debemos sumarles ahora algo igual o peor: el mamagallismo con que el alto Gobierno le está respondiendo a sus justos y necesarios reclamos.
Después del anuncio con platillos y voladores de la iniciación de la obra del dragado, con presidente y ministro a bordo y, claro, cámaras de televisión, micrófonos y reporteros…
Después de que se juró y rejuró —o perjuró— que todo estaba listo para modernizar su canal de acceso, con su urgente e inaplazable profundización, para que puedan ingresar los buques post-Panamá y no unas chalupas que lo sacarían del mercado, convirtiéndolo en el hazmerreír frente al TLC. Después de docenas de reuniones y más reuniones y consultas y más consultas cayendo en el eterno blablablá promesero y hueco. Después de que todo estaba listo para arrancar la obra —insisto— y la notificación de una buena ventura para el puerto y para Colombia entera, ¡zuáquete!, el director de Invías, Carlos Rosado, sin ponerse colorado, se viene con la siguiente perla: “Según los términos de ley, no puede entregarse a un privado (en este caso la Sociedad Regional Portuaria de Buenaventura) la realización de un trabajo que corresponde al Estado”.
Y agrega: “Estamos consultando a los entes de control qué es lo que deberíamos hacer”… ¿Cómo así, señor presidente y señor ministro de Transporte? Esto va en contravía con lo afirmado y anunciado por ustedes, y si esto no es ensillar antes de tener las bestias y una prueba de la falta de comunicación y de articulación en el Palacio de Nariño, que nos coma el tigre.
Lo que hoy expresa el señor Rosado, con una frescura urticante, se había dicho y advertido, pero no: el Gobierno —y no sabemos por qué— insistió en la fórmula hoy cuestionada y que pone al dragado a la deriva. Más seriedad y más responsabilidad señores del Gobierno. Pónganse de acuerdo aunque sea en el desacuerdo y no le mamen más gallo al puerto de Buenaventura.