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Obispos violando monjas

07 de febrero de 2019 - 04:00 p. m.

Si no lo hubiera hecho público el propio papa Francisco, habrían dicho que se trata de otra persecución a la impoluta y sacrosanta Iglesia católica, aquella que por siglos ha escondido la podredumbre en que se mueve.

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En su seno se han dado todas las miserias del mal proceder de los seres humanos, que van desde las luchas intestinas por el poder, hasta las más ruines bajezas morales, políticas, financieras y, desde luego, sexuales.

Y estas últimas sí que las han querido tapar, porque por ejemplo el homosexualismo —que la misma Iglesia ha condenado demoníacamente— es práctica normal entre muchos curas, sus ayudantes, sus feligreses y sus alumnos, incluyendo a niños engañados miserablemente con la promesa de “ver a Dios”.

Por otra parte, los casos de sacerdotes preñadores, enamoradizos y con sucursales e hijos no reconocidos son del diario vivir en una institución que está corrompida en sus raíces y que pierde adeptos cada día, cediéndoles el paso a otras congregaciones religiosas, algunas iguales o hasta peores que ese catolicismo decadente que está mandado a recoger.

La aceptación papal de la existencia de los curas e incluso de obispos —¡por Dios, obispos!— violadores de monjas corrobora el grado de relajamiento que padecen los tales representantes del Creador en la tierra. Casos como los de mujeres consagradas al Señor que fueron violadas, o forzadas a abortar, o a criar hijos no reconocidos por sus padres sacerdotes están a la orden del día en países como Chile, Italia, Perú, Irlanda, Estados Unidos, Australia e India. Términos como “esclavitud sexual” y “manipulación” acompañan las denuncias del suplemento femenino del diario vaticano L’Osservatore Romano, cuya directora, Lucetta Scaraffia, destapó esta olla podrida.

Ya es tiempo de que nuestras monjas hablen. Que denuncien los atropellos carnales de que han sido víctimas. Que señalen de qué cura u obispo son sus hijos. Que demanden por alimentos y que cuenten acerca de los vejámenes, humillaciones y torturas que han sufrido en silencio.

¿Pero es que si la sal se corrompe, qué cosa distinta podremos esperar de las instituciones laicas que no cuentan con la inspiración divina?

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