Sin duda hay una «escoltitis» aguda que resulta fatua, innecesaria y provocadora.
Los miles de escoltas que ostentan los poderosos pasaron de ser males necesarios a ganarse el repudio de los ciudadanos del común que no entienden por qué son desplazados atrabiliaria, grosera y violentamente por quienes dicen estar protegiendo a un personaje equis.
Por ese motivo se creen dueños de las vías, se atraviesan, atarbanean, matonean e irrespetan a los mortales del común exhibiendo su poder y sus armas humillativamente ante la impotencia de una sociedad que los rechaza, pero a la vez —no le queda de otra— los tolera.
Se entiende que hay esquemas de seguridad para ciertas personas que ameritan una vigilancia especial. Pero es que hemos llegado a extremos ridículos que no se ven sino aquí: señoronas protegidas por cuatro mandriles con cara de revólver mercando en las grandes superficies.
Líderes sindicales con su recua de hijos amparados por media docena de matarifes comiendo ternera a la llanera. Políticos venidos a más y otros venidos a menos pavoneándose porque gozan de protección especial.
Y uno se pregunta: ¿Son necesarias todas esas parafernalias de jayanazos, chalecos antibalas, pistolas, intercomunicadores y ni hablar de las caravanas de vehículos que transgreden peligrosamente las normas de tránsito?
Por otra parte, la toyotización de los protegidos no es reflejo de un país paupérrimo y en crisis: por el contrario, es una demostración de las danzas millonarias en las que paradójicamente sobrevivimos entre la opulencia y la miseria.
Creo que ha llegado el momento de bajarle a esta “escoltitis” aguda que padecemos y que se racionalice su uso y su abuso. ¿Cuánto le cuesta al Estado —léase a los contribuyentes— esta hemorragia de ejércitos con sus armas y sus toyotas blindadas y cuántos esquemas de seguridad son verdaderamente imprescindibles?
Si estamos hablando de apretarnos el cinturón, que comience el Gobierno por su propia casa, ahorrándose miles de millones en algo que tiene que ver más con la vanidad y la comodidad que con la seguridad y la necesidad.