No hay mes en que no nos anuncien la llegada de esos nuevos gigantes del comercio mundial.
Todos son recibidos con alborozo y a ellos vamos a comprar barato, habida cuenta las comparaciones entre lo importado y lo vernáculo ignorando el harakiri que nos estamos haciendo.
Las tales grandes superficies están quebrando el comercio tradicional sin que el Gobierno advierta el gran daño que se le está causando a nuestra economía.
El consumidor, atraído por las ofertas y los descuentos, cae en la trampa de adquirir a bajo costo y lo engrampan con una financiación del 31% que es la tasa de usura permitida por el Banco de la República, y es allí en donde está la mayor parte de la utilidad. Las grandes superficies, gracias a sus ventas gigantescas, ofertan productos con unos márgenes ridículos, porque saben que tienen un ingreso adicional gracias a sus propias tarjetas de crédito.
Así las cosas, los industriales están siendo extorsionados y obligados a bajarse los pantalones ante la amenaza de los productos extranjeros, generalmente de mala calidad.
A su turno, las entidades financieras están siendo desplazadas por las financiaciones directas de esos monstruos que ya invadieron el campo de las llantas, los seguros, los viajes y mañana quién sabe qué más cosas.
Por otra parte, los centros comerciales están siendo víctimas de la voracidad fiscal y del IVA que están pagando ahora hasta por los arrendamientos. Así las cosas, ¿qué comerciante se va a arriesgar a montar su almacén si ahí mismo tiene la competencia feroz y desleal de una gran superficie que lo va a ahorcar con sus sales y sus financiaciones, así sean del 30 o más por ciento?
El Gobierno tiene ante todo una responsabilidad con el comercio colombiano y no puede seguir haciéndose el de la vista gorda, tendiéndole tapete rojo a quienes están llevando a la bancarrota a sus connacionales y tradicionales contribuyentes.