El atentado con ácido de que fue víctima Natalia Ponce de León encendió las alarmas en torno a un delito que ha quedado impune por décadas en los despachos judiciales de nuestro país.
Cientos de folios duermen engavetados por culpa del tortuguismo, las supuestas faltas de pruebas, la carencia de una legislación sobre el particular y lo de siempre: paros, importaculismo y prescripciones.
Generalmente estos delitos habían recaído en los cuerpos y rostros de inermes mujeres de estratos populares, quienes a lo sumo merecían una foto o una toma lo más sensacionalista posible y una crónica melcochuda en la que la víctima y sus familiares imploraban impotentes, justicia. Y de allí no se pasaba. Uno que otro comentario y el muerto al hoyo y el vivo al baile y que siga la función.
Empero, bastó con que el ácido hubiera recaído sobre la cara de una joven perteneciente a la gente bien que llaman, para que se encendieran las alarmas y tronara la radio y corrieran ríos de tinta y los telenoticieros aumentarán su rating especulando en torno a este abominable hecho a todas luces condenatorio.
Y se vino esta avalancha informativa que puso en evidencia un hecho atroz : la desfiguración de unas mujeres en manos de unos delincuentes que ahora pretenden que los llamen esquizofrénicos y bipolares en busca de una rebaja de penas e incluso una absolución.
Pero, afortunadamente, la presión de la opinión pública ha hecho mover a los entes judiciales y la Fiscalía y las otras “ías” han tomado cartas en el asunto para perseguir, capturar, juzgar y condenar a esas bestias que no tienen perdón de Dios.
Claro que si la víctima no hubiese sino una Ponce de León y además Gutiérrez de Piñeres, otro rumbo hubiera tomado tan execrable acto y ya lo habríamos olvidado y la Natalia estrato dos habría entrado a engrosar la ya larga lista de mujeres deformadas por culpa de los más bajos instintos de quienes siguen muy orondos paseándose por la calles como si nada.
Lo sucedido pues con Natalia ha servido para alertarnos sobre la violencia y maltrato que se vive en todos los estratos sociales y ojalá el efecto dominó de la solidaridad y el repudio ante este hecho llegue hasta las humildes mujeres a las que les acabaron sus vidas.