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Violencia en Cali

09 de octubre de 2014 - 10:38 p. m.

Duele que la capital del deporte y la alegría esté padeciendo una violencia tan cruda como la que se ha acentuado en los últimos días.

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La explicación de las autoridades es que se trata de ajustes de cuentas y vendetas entre los mismos delincuentes, especialmente aquellos dedicados a la venta de drogas sintéticas que son más peligrosas que el alcohol, la marihuana y hasta la misma cocaína.

Es innegable que se trata de la herencia que dejó el narcotráfico en este sector del país y el hecho de que Cali es —desde casi su fundación— un cruce de caminos, ciudad en la cual convergen tanto lo bueno como lo malo de sus vecinos por todos los puntos cardinales y el fenómeno del desplazamiento como resultado de la guerra que estamos padeciendo y a la cual ojalá se le ponga fin.

Empero, no podemos juzgar a la ligera a la actual administración responsabilizándola de este incremento de homicidios, porque si bien hay crímenes producto de la intolerancia, del robo y los atracos, parece incontrolable que los delincuentes se maten entre ellos y produzcan pánico y zozobra entre los habitantes de una ciudad, que sigue reforzando su policía y aumentando los controles para prevenir que el clima de inseguridad que se está viviendo se convierta en un común denominador.

Cali tiene otra faceta: la de la cultura y el emprendimiento. La de la sana diversión con su salsa y su espíritu deportivo. La del civismo que ha vuelto a aflorar. La de empresarios comprometidos con la responsabilidad social. La de una juventud estudiosa que lucha por un mejor mañana. Sí, me dirán que son lugares comunes. Pero es la otra realidad de la bien llamada Sultana del Valle, la metrópoli del suroccidente del país que logró recuperarse del colapso de sus malos gobernantes que la sumieron en el caos y la anarquía.

Es importante que el Gobierno central le aumente aún más el presupuesto para la seguridad a esta tercera ciudad de Colombia, bien llamada por muchos la capital del Pacífico, y que se coloque en una balanza tanto lo negativo —que es indudable— como lo positivo que rara vez se cuenta y pocas veces se destaca.

No estigmaticemos más a Cali sin desconocer —repito— el fenómeno de violencia que está sufriendo. Y este es un llamado a algunos medios de comunicación que parecen ensañarse al exagerar hechos delictivos que igual suceden en otras capitales, con la diferencia que en ellas se equilibra la información y el panorama es más real. Pero aquí, se creería que hubiera corresponsales de guerra, encargados de hacer sus crónicas rojas a expensas de una urbe que requiere de la solidaridad nacional para superar sus gravísimos problemas de orden público.
 

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