En nuestro medio social, entre el subdesarrollo y atisbos de progreso, la sociedad es una gran productora de factores adversos a la tranquilidad colectiva e individual.
Es decir, somos lobos de nosotros mismos (homo homini lupus). ¿Quién cuantifica la incidencia de la inseguridad, el empleo precario o inexistente, el desempleo disfrazado, la población en condición de marginalidad y otras manchas del escenario social, el maltrato oficial? La estructura económico-política de nuestro Estado no les permite a los mandatarios ver y entender una situación que compromete seriamente la salud mental de los colombianos, creando un entorno social anómalo.
En tales circunstancias, la familia es una mera entelequia que se debate al viento de lo circunstancial, sin capacidad siquiera para entender las relaciones causales de una problemática que empobrece socialmente al país. Dentro de este espacio resulta exótico o inexistente que los asuntos propios de este desbarajuste sean una preocupación central en el quehacer gubernamental. Y cuando se presentan voces casi aisladas que claman por soluciones prácticas y que aconsejan no limitarse a métodos represivos, desconociendo la realidad del país, se desatan alharacas oficiales que reflejan la intención de sacarle el cuerpo a las responsabilidades del Estado. ¿Cuál Estado? Una estructura altamente plutocrática y con fines ajenos a las necesidades de la gente; un núcleo hipertrofiado que reparte favores a los acólitos de un sistema injusto, cuyos objetivos van en contravía de la mayoría de la población.
Al respecto, pensamos que será grande la frustración de los colombianos cuando, una vez firmados los acuerdos de La Habana —tiempo que se ha denominado discutiblemente como “posconflicto”—, las cosas sigan más o menos iguales en la medida en que aquellos, los acuerdos por venir, lo más probable es que no toquen los factores estructurales de nuestra organización social. Ya habíamos hablado aquí de lo que implica “conflicto”, elemento inherente al Estado nacional en la medida en que las contracciones sociales no se resuelven con la esperada terminación de la guerra, asunto que, por supuesto, saludamos con entusiasmo y consideramos vital para acceder a mejores condiciones de vida.
¿Qué esperar entonces alrededor de todo aquello que afecta la existencia de los ciudadanos, sin que intrínsecamente se cuente con los elementos necesarios para la superación de tantas condiciones adversas? ¿Quién, con autoridad y poder, se ha planteado la tarea de redefinir los perfiles filosóficos de nuestro aparato estatal? Al respecto, uno de los obstáculos más fuertes para que el Estado cumpla con un rol más adecuado al interés general estriba en la identificación que se hace entre democracia y libertad de empresa, sin tomar en cuenta que —bajo cierto sentido de la equidad— los derechos humanos implican concebir la riqueza en función del interés colectivo.
* Sociólogo Universidad Nacional.