Cuando este italiano nacido en Bari llegó a sus 80 años, un ciudadano que no quiso dar a conocer su nombre envió una nota a la Alcaldía de Bogotá para señalar que, por su edad, el padre italiano debía ser retirado de la dirección de Idipron, instituto distrital para la niñez que había dirigido por muchos años.
En un país donde se cometen tantos delitos que “pasan” sin que ya nadie se sorprenda ni se disguste, el incógnito gris se creyó héroe de greda para ponerle zancadilla al padre virtual de tantos muchachos reencaminados gracias a la acción del salesiano, en un desempeño que compensaba el descuido oficial hacia la gente.
Debió ser muy doloroso para el padre De Nicolò que alguien lo señalara con tanto desdén, y renunció. No sé si el alcalde Moreno Rojas intentó disuadirlo, pero lo cierto es que se retiró. Desde luego, no dejó de preocuparse por sus muchachos hasta cuando falleció el martes 22 de marzo. Este padre de cachucha, cuya sencilla y descomplicada presencia era una expresión de carisma que infundía respeto, había llegado en 1948, cuando todavía humeaban las cenizas de la Segunda Guerra Mundial en Europa, a sus 20 años, convencido de lo que sería su misión en Colombia, con tantos niños abandonados y proclives al delito precoz y los hábitos destructores.
Que se sepa, el padre Javier no carecía de una vida más o menos cómoda en su país. Lo cierto es que siempre consideró que la mejor profesión de un ser humano es el servicio a sus semejantes. Con esa convicción, sin proponérselo, consiguió que su nombre fuera una especie de “marca”, en el mejor sentido, alguien inimaginable en un papel social distinto del que él desempeñaba con total entrega.
Al margen del episodio que alejó al cura de la dirección de “su” instituto, el italiano debió ser un hombre feliz en este mundo, convencido de su camino elegido, como una estrella en el centro de un medio social tan precario como aquel con el cual llegó a compenetrarse por completo y cuyos beneficiarios lo recuerdan con tanto cariño como se vio en las escenas de sus exequias el domingo 27, justo el día de la resurrección para la cristiandad.
Con su paso por el mundo, aquel hombre bonachón y férreo y dulce a la vez cosechó en vida algo más de 50 reconocimientos nacionales e internacionales, sin aspavientos, sin alardes, sin perder su envolvente sonrisa que despertó confianza y, por tanto, respuesta positiva a los llamamientos del padre Javier para emprender una vida de construcción personal.
La muerte de Javier de Nicolò y todo lo que siguió hasta el día de su entierro nos recuerda que alguna vez, con ocasión de la despedida final de un amigo en Soledad (Atlántico), espontáneamente expresamos que era envidiable morir en medio de tanto cariño. Faltaría agregar que, al contrario de su caso, muchos adioses a personajes de oropel se caracterizan por la solemnidad fatua y sólo se explican por factores de nombramiento u otros elementos burocráticos o familiares. ¡Porque al padre Javier se le condujo al cementerio en un desfile sobrecogedor y lleno de sentimientos de admiración y respeto sólo por lo que era intrínsecamente!
* Sociólogo Universidad Nacional.