En los funerales del asesinado senador Manuel Cepeda Vargas (agosto de 1994), el padre Francisco de Roux, desde las gradas del Capitolio, saludaba en su discurso al “hermano guerrillero, hermano policía, hermano soldado…”. En la voz de este religioso respetable y sabio se traduce una gran comprensión del valor de la existencia, en especial cuando los portadores de vida toman distinto camino pero en general provienen de la misma cantera social.
Uno pudiera preguntarles hoy a los agresores de Javier Ordóñez: ¿no sintieron ustedes, hermanos policías, una pizca de piedad ante aquel hombre indefenso? ¿No convendría reflexionar sobre la vida, y no reproducir formas de pensar y actuar que dañan las relaciones del Estado con sus connacionales al ver y tratar al “otro” como enemigo?
Es cierto que muchos proceden de modo inaceptable, así ello se explique en parte por la inequidad reinante, que no da como para que la gente tenga una conducta celestial. Y es cierto también que incluso entre ciudadanos decentes, bajo la euforia rumbera, estos se apartan en algún grado de la línea, lo que parece previsible en “individuos” —ojo: “individuos”—. Pero no es procedente que la policía vaya más allá de su autonomía para reducir, si es necesario, a quien desconozca la ley, cuya sanción no puede ser la agresión y la muerte, sino la pena impuesta por un juez.
Ahora recuerdo hechos personales que me parecen pertinentes. En las elecciones presidenciales de 1950, casi niño, incurrí en la pilatuna de ir en gallada a romper afiches de Laureano Gómez y eso me costó un baño con el agua putrefacta de una alberca abandonada. Posteriormente, ya muchachón, me llovió la golpiza de un oficial enojado porque le dije “teniente” y no “mi teniente”. Años después, un agente sumiso obedeció una orden verbal que rezaba: “Dele duro a ese hijueputa”. ¿La razón (o sinrazón)? Ahí va: yo marchaba en un evento de trabajadores, llevaba un libro en la mano y eso no le cayó bien al oficial, que me recordó al referido “mi teniente”. Un caso más: un frutero afro, con cuya comunidad yo colaboraba, me invitó a una reunión social. Al salir, cuando con otros amigos él me acompañaba al parqueadero, se detuvo una patrulla y la primera mirada policial fue para el frutero: “¡Sus papeles!”. “Los tengo en la casa, allá donde se ve la luz”. Oídos necios: de un empellón lo subieron a una jaula, en camisa, y entonces me atreví a soltar un “por favor” luego de correr a buscar la cédula de Lito. Burdamente, el oficial al mando, con tufo y mirada contaminantes, me dejó con el documento en la mano. Resultado: rechazo para mí y cana para Lito en la estación de Germania, en Bogotá.
Hace poco, viendo que la policía molía a golpes a un raponero, pedí a gritos que no le pegaran. “¡Cómo así!”, decían los presentes. “¿No ve que el tipo está atracando?”. Y entonces yo explicaba inútilmente que los agentes no pueden maltratar a nadie sino, en este caso, llevar al ladronzuelo ante una autoridad competente.
Tris más 1. ¿Podrá el Estado crear lazos civilizados entre las dos partes, de modo que una no actúe como matona sino como garante de la seguridad ciudadana, y la otra como odiadora ante el maltrato?
Tris más 2. Mayor respeto por el ciudadano, más sólida autoridad del policía.
* Sociólogo, Universidad Nacional.