Fue como una bofetada. La suerte del corresponsal francés Roméo Langlois luego del combate entre guerrilla y Ejército en Caquetá nos despierta a dilemas nunca superados, que escondimos como mugre bajo la alfombra.
1. Está claro que el conflicto armado sigue con toda su crueldad e intensidad allende de acercamientos en busca de diálogo.
2. Seguimos con el deshonor de ser un país altamente peligroso para el periodismo, especialmente cuando se ejerce.
3. Hay imprudencia del reportero al no seguir protocolos de autoprotección. Usar prendas o transportes de una de las partes en conflicto lo convierte en objetivo del adversario.
4. Desde un escritorio es facilista dirimir el dilema del periodista entre cubrir una noticia y usar la única alternativa para ello, que le puede restar independencia y seguridad. Pero ¿de qué sirve la independencia si no se informa? Asumir el riesgo sólo corresponde a la conciencia del reportero, que lo único que necesita ahora es respaldo.
5. Hay irresponsabilidad de la Fuerza Pública al aceptarlo en el operativo portando elementos suyos. El usufructo mediático no vale lo que una vida o su libertad.
6. Habría torpeza de la guerrilla si no lo deja libre de inmediato, comprobado como está que es corresponsal del canal France 24, avalado por su jefa de redacción.
7. ¿Y porqué no había periodistas colombianos en la zona? ¿No nos interesan esos temas? ¿No dan rating? ¿Hay fatiga? ¿Le ‘compramos’ la estrategia a Uribe, quien para ocultar la guerra prohibió presencia de reporteros en zonas rojas? ¿No hay libre acceso a esa información? ¿A tal punto llega la autocensura?
8. ¿Periodismo, organizaciones y academia bajamos la guardia antes de tiempo?
9. ¿No es hora de volvernos a pensar en este oficio cuando no se puede ejercer en la mitad de nuestro territorio?
10. ¿El debate vale también para otros ámbitos, como el uso de transportes y facilidades que gobiernos nacional y regionales dan a periodistas que cubren sus giras?