Claro, caben todos los adjetivos, diatribas y hasta improperios para calificar la toma desvergonzada que, en beneficio propio, querían hacer ejecutivo y legislativo de la Constitución nacional.
Pero lo que no termina de entenderse es la inquietante chambonería, rayana en la estupidez, de quienes pretendían maquillar el esperpento de reforma a la justicia, y de los palos de ciego para tratar de hundirla, o para resucitarla, trasvestida, en las sesiones extras que comienzan mañana. Porque no se van a dar por vencidos.
Cada paso, cada declaración han sido a cual más torpes, improvisados o absurdos. Un monumento a la ineptitud sobre las ruinas morales que les precedían.
¿Qué les pasó? ¿Se creyeron el cuento? ¿Pensaron que era permanente ese adjetivo de aplastante, que tanto repitieron cuando derrotaron a Mockus y la Ola Verde, el primer hervor de descontento popular contra esta dirigencia sin principios?
¿Estaban tan convencidos del celofán, también aplastante y unánime, de los medios enguayabados por la mala noche de los dos períodos precedentes?
Enceguecidos, confundidos y demostrando ignorancia en la materia, ahora no saben cómo zafarse y enfrentar la creciente, reverdecida y propositiva opinión pública. Acuden a su manida forma de hacer política, que suma pragmatismo, transfusiones y mayorías convenientes, pero que desprecia a ciudadanos y la más simple razón. Algo va de un gobierno que dialoga a uno contemporizador y débil que siempre termina cediendo.
Se les acabó el recreo a Santos y al Congreso, pero nos dejan en el peor de los mundos. Con todas las intenciones de referendos y plebiscitos pero sin poderlos hacer mientras acechen los lobos, porque, y como repite la sabiduría popular, aquí todo tiempo pasado fue peor. @marioemorales